Los usurpadores

ภาษา: spanish
File: FB2.ZIP, 314 KB
ดาวน์โหลด (fb2.zip, 314 KB)
 
You can write a book review and share your experiences. Other readers will always be interested in your opinion of the books you've read. Whether you've loved the book or not, if you give your honest and detailed thoughts then people will find new books that are right for them.
1

Muertes de perro

ภาษา: spanish
File: FB2.ZIP, 691 KB
2

La cabeza del cordero

ภาษา: spanish
File: FB2.ZIP, 388 KB
ecbc8bf782ecb98ffe5c33d560a6b4dc.fb2



prose_classic

Francisco
Ayala

Los usurpadores

El tema central, en palabras del prólogo, demuestra que el `poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación`. Mediante una amplia gama de tonalidades que va desde lo expositivo y narrativo hasta lo lírico, desde un tono grave de sobriedad hasta el de la más desenfrenada pasión, Francisco Ayala nos ofrece aquí unos cuadros o «ejemplos», inspirados en el pasado español que sirven de espejo para cualquier época y lugar.


sp






Fiction Book Designer
25.04.2008


FBD-A59CCA-8E2D-084B-70A4-3BB5-583E-0795BA
1.0







Francisco Ayala

Los usurpadores



Prólogo

Redactado por un periodista y archivero a petición del autor, su amigo
No es ésta la primera vez que un escritor ya reputado encarga a otro, menos conocido que él, de presentar al público un libro nuevo. Que el autor del presente volumen, polígrafo cuya firma vienen repitiendo las prensas con frecuencia tal vez excesiva, haya recurrido a mí, oscuro periodista y archivero municipal de la ciudad de Coimbra, para que explique a sus lectores en un prólogo el significado de la obra de ficción que aquí les ofrece, es cosa desde luego que hace honor a nuestra vieja amistad; pero, al mismo tiempo que muestra su confianza para conmigo, revela cierta desconfianza hacia la perspicacia y, desde luego, la memoria de esos eventuales lectores, sin lo cual no me habría encomendado como principal misión la de recordarles que sus primeras publicaciones -las de Francisco Ayala, quiero decir; ahí, en España, pronto hará un cuarto de siglo- fueron como esta de ahora invenciones novelescas. No deja de ser cierto, sin embargo, que mi oficioso escrito resultaría innecesario, de haber observado él entre tanto, en su actuación de autor, el debido respeto para con el público. Un silencio, por dilatado que sea, en la producción de un escritor, es cosa apenas vituperable, muchas veces plausible y digna de gratitud; pero lo que Ayala ha hecho: interpolar en estos decenios ensayos muy abundantes de teoría política y hasta un voluminoso Tratado de Sociología, eso, por más que de vez en cuando templara tan áridas lucubraciones con trabajos de crítica literaria, no sé hasta qué punto pueda considerarse legítimo: perturba la imagen que el público tiene derecho a formarse -y más, hoy, en que prevalece el especialismo- de cualquiera que ante sí desenvuelva su labor; y resulta duro en demasía que quien ya parecía adecuada, definitiva y satisfactoriamente catalogado como sociólogo salga ahora rompiendo de buenas a primeras su decorosa figura profesoral, a la que pertenecen muy precisos deberes, para presentarse otra vez, al cabo de los años, libremente, como narrador de novelas.
Pero él lo hace, y mi función no es censurarlo, sino tratar de poner en claro sus motivos e intenciones. Tampoco, a decir verdad, esta nueva, o renovada, manifestación literaria irrumpe tan de improviso; alguna de las narraciones que integran el libro se adelantó, en efecto, a tantear la publicidad en Buenos Aires hace un par de años, y no sin éxito. Alcanzó laudatorias repercusiones; hasta una de las primeras autoridades en las letras argentinas, J. L. B. estimó entonces ser El Hechizado "uno de los cuentos más memorables de las literaturas hispánicas”, y dijo por qué. Quisiera yo, a mi vez, explicar los rasgos internos que acierto a descubrir en Los usurpadores, libro cuyas diferentes piezas componen, en suma, una sola obra de bien trabada unidad, como creo que a primera vista podrá advertirse.
Su tema central -común a todos los relatos- viene expresado ya en el título del volumen que los contiene, y pudiera formularse de esta manera: que el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación. Todos ellos giran, cada cual según su órbita, alrededor de ese hecho terrible y cotidiano: en San Juan de Dios el impulso para imponerse y dominar conduce, ciego, hacia la propia destrucción, lo mismo que en Los Impostores, aun cuando aquí el ansia no sea frustrada por obra de la propia violencia, sino por virtud de una justicia superior; y todavía en El Doliente esa frustración proviene de la fragilidad del apoyo que a los deseos imperativos del hombre presta su flaca naturaleza. Esos deseos se nos presentan con El abrazo en el barbotar de la sangre misma, calientes, sucios, nauseabundos. En La campana de Huesca la renuncia -inevitable por principio- al poder adquiere el carácter de un destino equívoco; y -cosa que también ahí apunta, aunque de distinta manera- en El Hechizado, ese poder que en otros lugares se sorprende brotando con la palpitación obscena del puro vivir, se nos muestra muerto, hueco, en el esqueleto de un viejo Estado burocrático.
Notoriamente, la estructura toda de esta narración (la examinaré en primer lugar, porque, conocida sin duda de ciertos lectores, ofrece un buen punto de referencia inicial), la estructura, digo, de El Hechizado está dispuesta para conducir por su laberinto hasta el vacío del poder. Representa al Estado, imponente y sin alma; en último término, expresa también el desesperado abandono del hombre, la vanidad de sus afanes terrenales. Sé que el autor vaciló, antes de escribirla, en la elección del sujeto histórico, y que se decidió a favor del rey idiota después de haber considerado el asunto bajo las formas de zar loco, de interregno, y de sede vacante. La elección de Carlos II, el postrer vástago degenerado de una dinastía poderosísima, se me antoja bastante afortunada. Desde la periferia, una vida ajena, ignorada, taciturna, la del protagonista, se empeña fatigosamente en penetrar hacia el centro hueco del gran Imperio. Su punto de partida es fresco y natural: cumbres andinas, la madre, una religiosidad simple; mas, conforme el viajero se acerca al núcleo del poder soberano, las instancias se van haciendo más y más formalistas, duras, impenetrables, y la humanidad más seca: el supuesto narrador es un erudito; el preceptor, un fraile latino; hay un changador negro, un mendigo inválido, un confesor alemán, conserjes, pajes, extranjeros, burócratas… Y, por fin -única mujer que hace acto de presencia en la narración-, una enana es quien le introduce, mediante soborno, al sagrado de la majestad, donde el monarca imbécil se encuentra rodeado de bestezuelas diabólicas… Curiosa es la ambigüedad que titila en el título del relato: "el Hechizado" es, sin duda, Carlos II de España; pero lo es, no menos, el indio González Lobo que se obstina en alcanzar su presencia; y lo son igualmente las multitudes a su alrededor. En puridad, hechizados están cuantos se afanan por el poder, y así podría decirse sin inconveniente de todos los demás personajes que pueblan este libro; el Pastelero de Madrigal queda hechizado -y no se olvide que su madre comparece como una bruja: es traída en volandas, arrebujada en su manto de viuda-, queda hechizado formalmente al recibir en el cuenco de sus manos el oro con los sellos reales; pero ¿no lo estaba a su vez el demoníaco rey don Sebastián, arrastrado a tan locas empresas? Y el Doliente en su cama, y los nobles al acecho; y los fratricidas hijos del rey Alfonso; y el irresoluto Ramiro; y los caballeros granadinos, enconados entre sí… Pero de análoga manera podría extenderse a todos ellos el título de impostores, pues también los legítimos dominadores usurpan su poder -non est potestas nisi a Deo- y deben cargar con él como con una abrumadora culpa. Y asimismo, ser tenidos todos ellos por dolientes, pues que todos adolecen de la debilidad común a la condición humana.
Así, las seis novelas, a las que tan honda unidad de sentido anima, se intercomunican de diversas maneras, enlazando y modulando sus temas respectivos, consienten ser barajadas, ordenadas y reagrupadas, como una mano de naipes, en conexiones vanas. Apuntada quedó la intuición capital de El Hechizado: el Estado, como estructura de un poder vacío. Esa intuición se encuentra también en La campana de Huesca, donde un testamento asombroso ha dejado el trono vacante en administración de las órdenes militares, y donde el cetro va a las manos de un príncipe que no lo apetece. Tampoco el Doliente es capaz de ejercer el poder real en Castilla. El reino de Portugal ha caído cautivo con la pérdida de don Sebastián. Y otro tanto ocurre con el reino moro de Granada, cuyas estirpes prolongan la discordia que lo ha hundido. En conjunto, aquella idea de la organización del poder, evacuado ya de la vida que lo erigiera, se opone en significativo contraste con la violencia elemental de El abrazo, donde se entreverán los sentimientos de toda una parentela movida por la ambición, los celos, el resentimiento, en fin, las pasiones más crudas. Esta historia de fratricidio intentó primero titularse Los hermanos y, según me consta, sin sombra de ironía: presentan las fuentes naturales de la discordia, tan mezclada al amor en la sangre, y de los impulsos dominadores, es decir, el polo opuesto al orden jurídico y burocrático del Estado. Pero su idea se encuentra también en las demás novelas. No sólo en San Juan de Dios -que, a su vez, hubiera podido llamarse también Los hermanos, y pienso que con mejor título, pues se trata ahí, al mismo tiempo, de hermanos en la sangre y hermanos del instituto de San Juan de Dios-; no sólo en El Doliente, cuya invalidez física envidia la fortaleza del hermano de leche, mentalmente inválido; sino en la propia Campana de Huesca, donde la primogenitura impávida de un infante ha descorazonado al otro, y quiere anularlo más allá de la muerte (él, transforma aquí el odio resentido en renunciación); y hasta en El Hechizado mismo, que hace moverse al postulante en viaje a la Corte, impulsado por la nostalgia de un padre poderoso y desconocido. Y conviene notar que a los seres humanos sometidos a la experiencia del poder no los encierra inexorablemente el autor entre los extremos de la organización fría y desalmada por un lado y, por el otro, los elementales movimientos del ánimo. Si la renuncia al mundo es en La campana de Huesca mera flojedad y piedad falsa, en San Juan de Dios es caridad ardiente. Con ello, las novelas, que han aspirado en conjunto a ofrecer ejemplaridad, entreabren un cauce piadoso a la naturaleza humana para salvarse de la desesperación.
Con todo, el emplazamiento de una acción en el tiempo histórico tiene sus exigencias, y una de ellas es la adecuación del lenguaje -con lo que se esboza el peligro para el autor de incurrir en pastiche, de realizar arqueología idiomática. El recurso a que algunos modernos acostumbran echar mano para eludirlo es imprimir al tratamiento de sus materiales -muchas veces, depurados con notable esfuerzo erudito- un sesgo de ironía, cuando no sazonarlos de humorísticos anacronismos. Guiño sutil o burlesco al lector, que no obedece tanto a una necesidad interna de la obra como a la experimentada por quien la estribe de salvaguardarse contra la sospecha de pedantería o de inocente romanticismo, y que si la liga con la actualidad es de modo artificioso y externo, aun cuando no por eso desprovisto de mérito. El autor de este libro ha desdeñado tan seguro recurso; prefirió, sin disfrazar su estilo espontáneo, darle a cada relato una moderada inflexión de época, que sugiera pero no imite; y, desde luego, se ha abstenido de introducir arcaísmos de diccionario. Así, por ejemplo, a la atmósfera agitada, patética, del San Juan de Dios corresponde cierto énfasis verbal, a cargo sobre todo de los discursos proferidos por uno y otro caballeros para trazar, directa, dramática, la historia de su rivalidad y de su apasionada lucha. Enfático es también el modo como se muestran en su curso las señales del destino -el castigo de las manos violentas, amputadas por el acero; el de las manos lúbricas, forzadas a palpar, muerta, la carne cuyo calor habían profanado-, entre tantos otros contrastes como la novela ofrece. Pero ese tono levantado destaca en ella sobre el doble marco de la simple, directa y a veces brutal naturalidad del muchacho, y la oscura efusión piadosa del santo, no libre de alguna malicia villana. Por otra parte, la presentación de toda la trama a partir de una vieja pintura aleja y encuadra la narración convenientemente. Y si de ahí pasamos a El Hechizado, hallaremos, en cambio, un lenguaje cuya sobriedad toca en pobreza: los sentimientos deben permanecer ocultos, omisos; se prohíbe todo esplendor verbal por el orden del que se despliega a ratos -ahí sí- en Los impostores, donde el lenguaje barroco recubre, dándole formas hechas, tanto a los impulsos de la desbocada ambición como a un tierno enamoro doncellil, obligado a manifestarse a través de las recargadas fórmulas impuestas por una alta cultura. ¿Qué más cabría decir? El lector reparará sin ajena ayuda en cómo los requerimientos internos de cada relato han determinado la técnica de su desarrollo literario: el vago aire de crónica en La campana de Huesca; compostura erudita en El Hechizado; un ritmo muy variado en Los impostores, desde la majestad hasta el ludibrio; los cambios de perspectiva en El Doliente, donde se pasa desde el monólogo del desvalido enfermo a las charlas de sus bajos servidores para volver al frustrado escarmiento dispuesto por el rey; comprobará que si la naturaleza minada de éste le impide imponerse, el mismo efecto producirá en el obispo su exuberante naturaleza; observará en El abrazo el juego bárbaro de pasiones viscerales a través del ojo astuto, clarividente, de un cortesano y partidario, incapaz, no obstante su habilidad y buen sentido, de encauzar los sucesores de modo razonable; y quizá cuando lo siente rememorar ciertas escenas muy íntimas del rey con su querida se pregunte cómo podría el viejo favorito conocerlas así tan al detalle…
Doy por terminado con esto mi cometido. Consistía en explicar, por encargo del autor, las intenciones latentes de su libro, no en juzgar hasta qué punto ha sabido realizarlas bajo forma artística: para ello, nuestra demasiado estrecha amistad me inhabilita. Sea, pues, el lector quien, por su cuenta y riesgo lo compruebe.
F. de Paula A. G. Duarte
Coimbra, primavera de 1948.
En 1950, después de publicado el volumen de Los usurpadores, escribí todavía una historia más, la de El inquisidor, perteneciente a la misma vena, que yo había creído agotada, pero que aún dio ese fruto tardío. Ahora queda incorporada al ciclo donde corresponde.

F. A.



San Juan de Dios

De rodillas junto al catre, en el rostro las ansias de la muerte, crispadas las manos sobre el mástil de un crucifijo -aún me parece estar viendo, escuálido y verdoso, el perfil del santo. Lo veo todavía: allá en mi casa natal, en el testero de la sala grande. Aunque muy sombrío, era un cuadro hermoso con sus ocres, y sus negros, y sus cárdenos, y aquel ramalazo de luz agria, tan débil que apenas conseguía destacar en medio del lienzo la humillada imagen… Ha pasado tiempo. Ha pasado mucho tiempo: acontecimientos memorables, imprevistas mutaciones y experiencias horribles. Pero tras la tupida trama del orgullo y honor, miserias, ambiciones, anhelos, tras la ignominia y el odio y el perdón con su olvido, esa imagen inmóvil, esa escena mortal, permanece fija, nítida, en el fondo de la memoria, con el mismo oscuro silencio que tanto asombraba a nuestra niñez cuando apenas sabíamos nada todavía de este bendito Juan de Dios, soldado de nación portuguesa, que -una tarde del mes de junio, hace de esto más de cuatro siglos- llegara como extranjero a las puertas de la ciudad donde ahora se le venera, para convertirse, tras no pocas penalidades, en el santo cuya muerte ejemplar quiso la mano de un artista desconocido perpetuar para renovada edificación de las generaciones, y acerca de cuya vida voy a escribir yo ahora.
Hace, pues, como digo, más de cuatrocientos años (no mucho después de que el reino moro, dividido en facciones, desgarrado en la interminable quimera de sus linajes, se entregara como provincia a la corona de los Reyes Católicos), este Juan de Dios, mozo ya avejentado y taciturno, enjuto de cuerpo, enrojecidos los párpados por el polvo de la costa, entró a servir en la guarnición de la plaza. Por aquel entonces, todavía el encono de las recíprocas ofensas y los rencores de familia no cedían en Granada a la nostalgia de una magnificencia recién perdida. Gómeles y Zegríes habían tenido que abandonar la tierra; los Gazules, los nobles Abencerrajes, recuperaron en cambio sus bienes, recibiendo mandos militares en las compañías cristianas, cargos concejiles en la ciudad. Pero la violencia -esa misma violencia que, más tarde, habría de derramarse a borbotones desde las cumbres alpujarreñas para escaldar la piel de España entera en la cruel rebelión de los moriscos- ahora, sofocada aún su furia, resollaba y gruñía en todos los rincones. A la saña de los antiguos partidos había venido a agregarse la desconcertada animadversión y el temor hacia las gentes intrusas llegadas con el poder nuevo. Y así, cada mañana, las calles y plazas famosas de Granada, las riberas del río, amanecían sucias con los cadáveres que la turbia noche vomitaba…
En medio de estas banderías civiles que doblan el odio de disimulo y la ferocidad de alevosía, supo nuestro Juan de Dios hallar su vocación de santo. La encontró – ¿quién era él, el pobre, sino un simple soldado?- a través de la palabra docta, ardiente y florida de aquel varón virtuoso e ilustre, Juan de Ávila, más tarde beatificado por la Iglesia, el cual, secundando la política cristiana de Sus Majestades, predicaba por entonces a los granadinos el Evangelio, con invectivas, apostrofes y amenazas que, como granos de sal, crepitaban al derramarse sobre tanto fuego. El fervor de uno de sus sermones fue, al parecer, lo que hizo a Juan abandonar el servicio de las armas, repartir sus pertenencias entre los pobres y, adquirido para sí el bien de la pobreza, consagrar su vida al alivio de pesadumbres ajenas.
Cuentan que obedeció para ello a un impulso repentino: la voz del predicador, que tantas veces había oído distraídamente, le taladró ésta los oídos y le escaldó el pecho, invadiéndole con repentino espanto. Estaba -cuentan- perdido ahí entre los fieles, recogido, acurrucado, ausente la imaginación, cuando de improviso sintió que le asaltaba una rara evidencia, tan rara, en verdad, que tardaría un buen rato en rendirse a ella: la evidencia 'de que el Espíritu Santo se estaba dirigiendo personalmente a su olvidada insignificancia, y que los trémolos patéticos de su voz le increpaban a él, a él en particular, a Juan, desde el pulpito del orador… Por lo que uno de sus discípulos -empeñado más tarde en recoger de los labios reacios del santo algún detalle de esta revelación- dejara escrito, sabemos cómo el corazón le había dado un vuelco al apercibirse -eran sus palabras mismas- de que estaba descubierto. Fue, parece, una especie de sobresaltado despertar. Despertaba, sí, ahí, en aquel rincón umbrío, al pie de la columna, bajo el dedo acusador del padre… Quiso entonces poner atención, y apenas si podía, al comienzo, distinguir el sentido de sus atronadoras frases; pero sentía, ineludible, el índice tieso que le apuntaba sin vacilar, a él, precisamente a él, arrodillado allí entre tantos y tantos, señalándolo en medio del rebaño, distinguiéndole, sin que le valiera de nada su intento de disimular, fingir inocencia y hacerse el desentendido: dispuesto a engancharlo, a extraerlo del suelo, izarlo en el aire y -suspendido en medio de aquella luz lechosa que, desde arriba, atravesaba el crucero del templo- exponerlo como un guiñapo al ludibrio, el dedo inexorable volvía sobre su triste insignificancia una vez y otra, irritado, encarnizado, sañudo.
Juan humilló la cabeza y, con ella baja, pudo ahora entresacar algo, alguna que otra frase centelleante, en la abundancia del orador. «A ti me dirijo -clamaba-, a ti, cristiano viejo, que has sucumbido…» Juan de Dios, cristiano viejo del reino de Portugal, había sucumbido, y rodaba por el áspero despeñadero en que cada nuevo paso conduce hacia la oscura sima. Por las puertas de la carne se le había entrado en el alma el pecado mortal. Y así, entregado en cuerpo y alma al halago de las costumbres moriscas, apegado como gozque inmundo a los enemigos de la fe, su criminal amistad le había hecho oír en silencio, de sus bocas venenosas y dulces, atroces burlas contra Nuestro Señor y su Iglesia. Lejos de salir en defensa del verdadero Dios -antes se hubiera avergonzado de confesarlo- había oído las infamias mansamente, con falsas, cobardes sonrisas… Y ¿cuánto tiempo no había vivido en semejante abyección, revolcándose en las flores podridas de aquella ciénaga? «¡Ah, cuan largo, horrible sueño engañoso! Muchos son los que en medio del sueño fenecen. ¡Despierta tú! ¡Despierta, cristiano!…»
Juan de Dios se acercó después a pedir confesión, y Juan de Ávila, notándole en los ojos lágrimas de angustia, accedió a escuchar su culpa. «Durante años y años he vivido con una víbora oculta en el seno y hasta hoy no acordé al pecado mortal. Padre mío, vuestro grito me despierta. ¡Salvadme del pecado! ¡Confesión, padre!»
«Expulsa ya, hijo, esa víbora; habla, confiesa: ¿de qué te acusas?», fue la respuesta. Entonces comenzó Juan a acusarse. Declaró su pecado carnal. Y luego echó también sobre sí las blasfemias en que tácitamente le hiciera consentir su apocamiento: había escuchado, había asentido, había acompañado a las risas. ¿No era acaso un apóstata?, preguntaba, deshecho en lágrimas, el soldado. Y aunque el confesor hizo distingos y le otorgó su absolución sin grave penitencia, Juan no se daba por consolado ni se tenía por limpio: un ansia insaciable de confesión se apoderó de él desde esa hora; quería confesar públicamente; quería proclamar la abominación de su culpa, gritar su crimen a los cuatro vientos, declararse vendedor del Cristo, y sentir sobre su cabeza el horror, la piedad y -si posible fuera- el perdón del mundo entero.
Se desprendió de sus humildes haberes y, después de muchos llantos y congojas, un domingo, a la hora de misa mayor, alzó su voz en la iglesia colegiata. Hincado en el centro de la nave, sus brazos en cruz parecían sostener con inaudito esfuerzo el fardo de sus pecados. Y los fieles, sacados de sus devociones por aquella voz áspera que se incriminaba sin descanso, miraban para el penitente, más tomados de sorpresa que de edificación: entre el esplendor del oro y los brocados, sus andrajos; en medio de tanta digna compostura, su cabeza rapada, su garganta reseca, sus manos implorantes. Con extrañeza lo contemplaban, casi con escándalo. Pero él seguía acusándose: castigaba su flaqueza, golpeábase la cara con los puños, se arañaba el pecho… ¿Hasta dónde habría de llegar en su frenesí? Ahora reconocía haber menospreciado a Dios por idolatrar en criaturas humanas: reconocía que, empujado por tal idolatría hasta la última debilidad de la razón, había llegado a poner en duda la Santísima Trinidad… Crecían sus lamentos y, con ellos, la gravedad de las culpas pregonadas y la estupefacción de los fieles. Hasta que, por fin, tras muchas vacilaciones y no sin algún revuelo, un diácono y dos acólitos se acercaron a rogarle con firmeza que saliera del templo, pues que aquella penitencia pública más podía -como le explicaron- ser ocasión de escarnio que de piedad.
Pero ¿cómo hubiera podido contener el infeliz la abundancia de su corazón? Una semana más tarde aparecía en plena Puerta Real gritando ante la multitud el dolor de su infamia. En medio de espeso corro, se tundía los costados y lloraba: ¡en apostasía había incurrido, abjurando de la religión verdadera para seguir la del falso profeta!… La gente reunida a escucharle pasó pronto de la curiosidad a la burla, y comenzó a alimentar su excitación con preguntas malignas. Y después de aquel día era frecuente hallarlo exponiendo sus tribulaciones en cualquier lugar público de la ciudad: ya en el mercado, ya en una placeta, y aun ante el palacio episcopal mismo. Por último, fue recogido e internado en una casa de orates.
Mas he aquí que su mansedumbre rompería luego sus cadenas, y su resignación no tardaría en quebrar los cerrojos del manicomio: supo hacer de la prisión escuela de caridad; y cuando le abrieron sus puertas, no tuvo ya otra mira en el mundo que la de fundar con su trabajo un hospital de pobres. A esta obra consagró el resto de su vida.
El pasaje de esa vida santa que se propone sacar a luz el presente relato tiene comienzo una mañana de verano en que Juan de Dios había salido, como de costumbre, a recorrer las calles implorando piadosa ayuda. Cerca ya del callado, desierto y cálido mediodía, sintió, pues, acercarse por el Zacatín, a cuya entrada estaba apostado, un caballo que con recortado paso hería las piedras del suelo. El bienaventurado mendigo le salió al encuentro y, tomándolo por la brida, suplicó al jinete con su habitual letanía: «Socorred, señor, a los pobres de Jesucristo. Una limosna para…» Mas el caballero, dando un tirón a la brida, levantó el rebenque y descargó un golpe sobre la cabeza rapada del pordiosero: «Señor, por el amor de Dios, ¡una limosna!», repitió Juan, caído a los pies de la encrespada bestia. Con el arrebato de la ira, el caballero se había empinado en los estribos, dobló el cuerpo e, inclinado hacia adelante, golpeó y golpeó al mendigo hasta dejarle cruzada la cara de sangrientos surcos. Juan se cubría los ojos con las manos, defendía con los codos sienes y orejas, en espera de que la furia se apaciguase; pensaba, al ver la bota del jinete tensa en el estribo: Con mi imprudencia lo asusté; venía desprevenido. Pensaba: Ya, ya va a cesar de maltratarme… Y antes de que hubiera acabado de pensarlo, volvió a oír las herraduras del caballo, que se alejaban batiendo el empedrado calle arriba.
Recogió Juan de Dios sus alforjas, calzó una alpargata que se le había salido del talón y, secándose la frente con la manga, echó a andar despacio, al arrimo de las paredes, hacia el carril, en busca de agua limpia con que lavarse las heridas. Más allá de las últimas casas la acequia se juntaba al camino para luego alejarse, siempre a su vera, campo afuera. Ahí se detuvo Juan a tomar descanso, en el espacio que el carril abría a un vertedero de basuras; bajo el montón de estiércol, encendido en un chisporroteo de insectos, el agua se arrastraba, mansa, clarísima y fresca… Sentado en una piedra, el infeliz se distrajo un momento del dolor de sus magulladuras con observar los afanes de un muchacho que, obstinado contra la terquedad de un asno, sudaba por sacarlo del estercolero, en la atmósfera caliginosa del mediodía estival. «Ese triste animal -pensaba el mendigo ante la silenciosa pugna- ha de haber ido cayendo año tras año en manos cada vez más pobres y más duras, hasta que, del todo inútil, quedó abandonado ahí en el baldío, sin aparejo, sin ronzal; y ahí está ahora, olvidado de la muerte, la cabeza baja, secas las patas, hinchado el vientre, mientras las moscas, obstinadas y crueles sobre sus mataduras, chupan su vieja sangre. ¡Bien podéis vosotras, florecillas celestes crecidas junto al agua, bien podéis sonreíros con picardía de chicuelas, al alcance de su hocico inapetente! ¡Y tú, muchacho bárbaro, vano es que le tundas el espinazo: ya no hay nada que le haga andar!» Del fondo de estas reflexiones, su voz se levantó para persuadirle:
– ¿No estás viendo acaso que no puede ni moverse? ¿Por qué no le dejas en paz, muchacho?
– Ha de poder, ¡me!… -respondió su cólera, al tiempo que un nuevo garrotazo caía sobre los lomos de la escuálida alimaña.
Juan no le replicó nada. Lo vio separarse unos pasos, y agarrar un pedrusco, y lanzarlo contra las costillas del impasible asno.
– ¿Ves cómo no puede, criatura? -insistió ahora.
– Pero es que yo me lo quería llevar…
– ¿Para qué, hombre?
– Pues para llevármelo.
– Anda, criatura: déjalo ahí, y ven por caridad a darme un poco de ayuda.
Desprendiéndose con alivio de su empeño, por primera vez dirigió ahora el muchacho una mirada
El autor puso aquí, en la boca inocente, una blasfemia simple, directa, proferida con nuevo valor de interjección.
A su interlocutor, para encontrar en él aquella cara manchada de sangre y polvo.
– ¿Qué fue ello, buen hombre? -le preguntó con susto.
– Bueno, sólo Dios lo es. Anda, ven, acude, acércate, moja en agua este trapo, y me limpias la cabeza.
Obedeció el chico. Bajó a la acequia, empapó en su corriente el paño que le tendía Juan, y volvió con él chorreando a humedecerle la frente. El herido apretaba los dientes; le escocía.
– Despacio, hijo; con tiento. Dime: a ti ¿cómo te llaman?
– Antón.
– Despacio, Antoñico.
En esto, al fondo del camino, entre una polvareda y como suspendido en el aire cálido, vieron aparecer un coche, que avanzaba y crecía en la soledad del campo. Ambos, hombre y niño, se quedaron fijos en su lejanía: con el campanilleo de las muías, todo se agrandaba y adquiría volumen ante ellos en la densa atmósfera, todo medraba hacia su tamaño natural. Llegó, por fin, el coche al punto donde estaban, y acordó la marcha en el recodo; pero, en vez de reanudarla con nueva aceleración, se detuvo un poco más allá. ¿Qué les gritaba ahora, erguido en lo alto de su asiento, el cochero? -Preguntábales por orden de su dueña si acaso les había ocurrido algún accidente.
El santo mendigo corrió entonces hasta el coche para pedir su limosna. «¡Por amor de Dios, señora!», imploró con la mano extendida. No cayeron en ella, sin embargo, las esperadas monedas; suavísimas palabras tintinearon en su oído: «¿Cómo te has hecho esa herida, hombre?», a cuyo son acudieron en seguida los ojos. Y hallaron, por cierto, de qué maravillarse: en el marco de la ventanilla se veía, adornada de perlas y granates, una cabeza cuya hermosura era reflejo fiel de un corazón amable.
– Nada fue, por Dios. Eso no vale ni mi propio cuidado, cuando menos la atención de la señora -respondióle el mendigo-. Este muchacho me ha lavado ya la herida -añadió señalando a Antón, que se mantenía rezagado a sus espaldas-, y ahora debo seguir procurando para el alivio de mis enfermos. ¿Querrá la señora socorrerlos?
– Quiero, sí. Más ¿de qué enfermos se trata y qué socorro necesitan? -volvió a interesarse la dama.
– ¡Ay, mi señora! Son enfermos que nadie piensa en cuidar, porque no tienen otros allegados que sus males y su pobreza. A éstos recojo y cuido yo en la casa donde quiero curar, junto con sus plagas, mi alma. Algunos señores que lo saben y pueden, me prestan diaria ayuda; y los que al pasar se mueven a mi súplica, dan para el resto.
– De los primeros deseo ser yo, amigo; no de la especie pasajera. Mándame cada día a ese mozuelo, y cada día mandaré algo con él a tus enfermos.
– El mozuelo no es mío, señora. Lo encontré aquí mismo vagabundeando; me ha hecho esa caridad que digo, y cuando vuestra señoría acertó a pasar cavilaba yo, precisamente, llevármelo conmigo; pero…
– En tal caso -atajó ella- he de ser yo quien lo tome en mi compañía, si es que a él le conviene ser mi paje; de ese modo, te lo podré enviar con el socorro diario, mientras él se nace hombre en mi casa.
– ¿Oíste muchacho? ¿Qué haces que no corres a besar la mano de la señora?
Besó Antoñico los dedos de la dama, tan finos que el peso de las sortijas parecía abrumarlos, y lleno de alegre presteza se encaramó junto al cochero, al tiempo que grababa en su mente las señas del hospital, muy recomendadas a su memoria por Juan de Dios. Un momento después, éste se había quedado solo: el coche se desvaneció en una nube de polvo; y cuando el santo tornó la vista a su alrededor, hasta el decrépito asno había desaparecido del estercolero.
Fue necesaria la presencia del muchacho que -todo alborozado y con ropa nueva- golpeó al otro día a su puerta llevándole en nombre de su ama una yunta de gallinas, para confirmarle que todo aquello no había sido un sueño, como otros que en ocasiones confundieron su magín. No; allí estaba Antoñico, importante y protector; y mañana volvería a venir, y seguiría viniendo una semana
Tras otra, un mes tras otro, con el testimonio, siempre renovado, de una noble y lejana existencia.
– Mira, Juan, ¿ves? Ya mis manos no volverán a castigarte.
Juan levantó del suelo la turbada vista. Había salido a respirar: apoyado en el quicio de la puerta, daba al aire fresco del patio sus mejillas palidísimas, fatigadas del vaho insidioso que, ahí dentro, lo impregnaba todo, sábanas, esterillos, vasos, ropas y manos. En ese instante, cuando, casi desvanecido, trataba de recobrarse, le vino a sacar de su oscuro estupor la invocación inesperada de este infeliz tullido que, presentándole los muñones todavía rojizos de unas recién amputadas manos, le decía con énfasis colérico, amargo, soberbio, desamparado:
– ¿Ves, Juan? Ya no te castigarán más.
Juan le miró, espantado:
– ¿Cómo has perdido tus manos, hombre?
– Las he perdido en el camino de mi soberbia. Y ahora, desdichado de mí, aquí vengo a implorar tu perdón.
Mientras hablaba así, Juan de Dios había estado escrutando la cara del llegado: una cara afilada, nerviosa, móvil, cuyos ojos ardientes se inundaron de lágrimas al tiempo de pronunciar su fina boca la última frase.
– No te conozco, hombre; nada tengo que perdonarte. Perdóname tú a mí, si te veo afligido y no acierto a consolar tu duelo. Pasa, hermano; entra a beber conmigo un trago de vino, y dame parte de tu cuita.
El hombre le siguió, baja la cabeza, hasta la cocina, donde se sentaron juntos a una mesilla de madera sobre cuya tabla había un jarro de vino.
– Tú habrás de llevarme el vaso a los labios, Juan de Dios, o tendré que beber como las bestias, pues aún no he aprendido a remediar mi invalidez.
Bebió el tullido, y cuando se hubo serenado su ánimo, contó la historia de su desventura, explicando cómo había venido a caer, por terrible designio de la Providencia, en la trampa que él mismo, con tan prolijo cuidado, dispusiera para otro.
«Mi nombre -comenzó a decir- es don Felipe Amor. Provengo de una antigua familia granadina que, por viejas discordias de este reino, pasó a tierra de cristianos y fue a radicarse en Lucena, donde yo soy nacido. ¡Nunca saliera de allí! ¡Nunca hubiera vuelto a este viejo solar de mis padres! Lo hice, impulsado por las dos alas de la ambición y de la soberbia. Soberbia, porque no me resignaba a la pérdida de fortuna que mala suerte o mala cabeza había infligido a mi casa, por más que lo restante bastase como bastaba para llevar una vida honrada y decorosa; ambición, porque estaba resuelto a reclamar de mis parientes granadinos los muchos bienes de que se habían apoderado tiempo atrás, cuando mi familia se vio forzada a abandonar la tierra. Fijo en mi idea, nada excusé que pudiera llevarme al fin perseguido. Y aun los vicios de mi educación: el haber sido criado como hijo de señores, cuyos deseos son antes servidos que adivinados; el menosprecio hacia mis semejantes; la desconsideración al prójimo y la sola consideración de mis propósitos, me ayudaron a salir adelante con mi empeño. Hoy sería rico y poderoso, y respetado como tal a despecho de insolencias, atropellos y crueldades, si la dureza de mi corazón no hubiera sido asaltada y rendida por aquella única parte de él que es vulnerable. Quiero decir que, en la carrera de mis logros, y habiendo ya conseguido rescatar los antiguos bienes de mi casa, todavía quise redondear mi fortuna con la de una heredera noble a quien venía cortejando el mayor de mis primos, y de cuyas prendas había tenido yo noticia de sus propios labios. No contento, pues, con haber privado a este pariente mío, don Fernando Amor, de una parte de su fortuna, resolví también privarlo de su dama; y ello se cumplió con tan buena, digo: con tan mala fortuna para mí, que el destino parecía complacerse en allanar y hacer floridos los caminos por donde, sin saberlo, caminaba a mi perdición: lo que Fernando no había podido alcanzar en años de galanteo, lo alcancé yo en días. No más de quince habían pasado desde que pude conocer por vez primera a mi doña Elvira, cuando ya nos habíamos prometido en secreto como esposos.
Esos quince días vieron cambios muy profundos en el ánimo de nosotros tres: no hablaré de los sentimientos de ella, pues lo que en otras circunstancias hubiera sido para mí ocasión de justificado engreimiento, lo es ahora de dolor acérrimo; en cuanto a mí mismo, baste decir que una pretensión y boda premeditadas por ambicioso cálculo se trocaron a presencia de doña Elvira en pasión tan frenética como para sacrificar en un momento, si preciso fuera, cuantas riquezas había conquistado con penoso tesón en largos pleitos. Mi primo don Fernando por su parte, que ya -mal disimulado el encono bajo actitudes de caballero- se había visto despojado de bienes tenidos por suyos como herencia de su padre, no pudo sufrir que, sobre aquella vejación, cayese ahora esta otra, en verdad insoportable: la señora de sus amores, prefiriéndome en matrimonio. Y así, cuando yo le comuniqué la noticia cuyo efecto saboreaba anticipadamente, no dejé de vislumbrar su ardiente rencor en el gesto que puso al felicitarme por mi nueva fortuna. Se mostraba efusivo y contento; pero en la estrechez del abrazo pude divisar el relámpago cruel de su pupila. Ese rencor debía trastornarle el juicio, a él que ya de por sí era tan atravesado y torvo: loco de despecho, emprendió una acción indigna de las maneras gentiles que tanto se esforzaba por afectar, y en la que de un modo abierto vendría a mezclarse su afición a doña Elvira en su deseo de ofenderme. Ello fue que, saltando una ventana de su casa en ocasión que la dama se estaba probando un vestido de fiesta para la de nuestros desposorios, la abrazó por la espalda y, cruzándole el busto, estrujó sus pechos con las manos mientras que las criadas, atónitas, perdida el habla, no se atrevían siquiera a moverse. En seguida huyó por donde había venido.»No bien lo supe -que tales desazones no carecen nunca de mensajero-, me puse a cavilar cuál podría ser la reparación adecuada a la ofensa, y vine a concluir que ninguna lo sería tanto como, cortadas las atrevidas manos, hacer de ellas regalo a doña Elvira en nuestros desposorios. Sólo esta idea me satisfacía. Resuelto ya a ponerla en obra, averigüé la oportunidad y dispuse las cosas de la mejor manera. Supe que, por hurtarse a las celebraciones familiares, se proponía don Fernando retirarse el día de la fiesta a una finca que le ha quedado en la vega, más allá del pueblo de Maracena; y sobornando a uno de sus criados, aposté los míos en el camino, todo en orden para que mi venganza fuera cumplida. Esto era, digo, el día mismo de los desposorios; y, junto a los ejecutores del castigo, esperaba el emisario que había de traerle a mi esposa, en cofre de plata labrada, como recién cosechados frutos, las manos infames que se habían atrevido a su pudor.
«Comenzó, pues, la celebración y, durante su transcurso, me desvivía yo esperando la llegada del terrible obsequio. A nada podía atender; estaba lleno de ansiedad; y aun las palabras de mi esposa eran incapaces de forzar las puertas de mi oído, puesto en los ruidos de la calle. Preguntóme, en fin, doña Elvira que qué me pasaba para mostrar tal desasosiego, y yo, por calmar su inquietud sin desmentir la mía, demasiado visible, repuse que esperaba hacerle un presente digno de ella y de mí, y que me sentía impaciente por su tardanza.
»-Pues ¿no son suficientes acaso los regalos que ya me tenéis hechos? ¿Qué otra cosa queréis darme, y qué importa que llegue a tiempo o se retrase? -inquirió, alarmada sin duda por la oscuridad de mi respuesta.
»-Importa -repliqué-, pues sin ese presente no me consideraré a la altura de vuestros ojos, ni lo bastante honrado en esta fiesta. – ¡Imprudentes palabras, que no sé cómo no supe contener! Y todavía, lanzado ya: – ¿No habéis reparado -agregué- que falta a ella uno de mis parientes?
»Oyendo esto, palideció doña Elvira por el temor de lo que ignoraba; me tomó las manos y, entre suplicante y conminatoria, apremió: -Vamos, Felipe, decidme de qué se trata; decídmelo; sepa yo de qué se trata.
«Intenté reírme con evasivas; pero me cercó y estrechó en modo tan vehemente que, no pudiendo resistir más, cedí y le dije lo que tenía urdido y qué venganza había dispuesto para rehabilitar mi honra.
«Hubiera querido yo que me tragase la tierra al ver cómo su belleza expresaba el horror; sólo en-tonces comprendí que el repugnante obsequio no debería llegar nunca a poder suyo. Con los labios exangües, y un tono de severidad que nunca hubiera sospechado en su garganta, me dijo: -Sabed, don Felipe, que si esos proyectos se llegan a cumplir no seré jamás mujer vuestra. -Y luego, anhelante, añadió: -Corred, corred, por Dios, a impedir la infamia.
»Salí de la fiesta, salté sobre mi caballo y, a galope tendido, acudí al sitio donde había apostado a mis criados, ansioso ahora de que aún no hubiera llegado mi primo para poder darles contraorden. Pero cuando ya frenaba a la bestia, salieron a atajarme de la oscuridad, me agarraron, cubriéndome la cabeza con un paño, me sujetaron las muñecas, y en un instante habían caído mis manos, segadas por sus alfanjes. En medio de la turbación espantosa y del dolor, todavía pude distinguir el galope del caballo del emisario que llevaba a mi esposa, en caja de plata, no las manos de don Fernando, sino las mías propias, con el anillo de desposado al dedo.»
Hizo una larga pausa. Luego concluyó: -Ésta es, Juan de Dios, la historia de mi desventura. Durante muchos días he estado dando vueltas en la cabeza a los designios del destino, sin poderme explicar por qué tenían que caer las manos del esposo, en lugar de las manos alevosas y lúbricas del ofensor. Mi cerebro estaba obcecado por la desesperación; no me era posible comprender lo que hoy ya comprendo con entera claridad: que el verdadero criminal era yo, que lo he sido siempre, que lo he sido contra mí mismo, que he sido yo quien me he mandado cortar mis propias manos… Y ahora veo bien cuál es mi deber y la única vía de purificación que me resta: estoy obligado a hincarme ante Fernando, y suplicarle que me perdone… Sin embargo, ¡ay!…, ¡no puedo hacerlo! ¡Aún no puedo! Cien veces me he acercado a su puerta, y otras cien me he retirado de ella. Tendré que dar un rodeo, quizá muy largo, cuanto más largo mejor: tendré que hacerme perdonar primero de cuantos otros he ofendido o violentado. Por eso te pido perdón hoy a ti, Juan. ¿Recuerdas al caballero que -hace ya tiempo: un tiempo, sin duda, más largo en la cuenta de mis desgracias que en la del almanaque- te golpeó cuando le pediste limosna en el Zacatín? Es el mismo hombre que hoy se humilla a tus plantas.
– ¡Regocíjate, hermano, y da gracias a Dios, cuya terrible cirugía ha amputado tus miembros para salvarte la vida!
Esta fue la exhortación de Juan cuando hubo terminado de escuchar la historia asombrosa de don Felipe Amor.
– ¡Regocíjate!
Luego, le sostuvo el ánimo:
– ¿Qué es lo que te impide, ahora que tu corazón lo ha reconocido, seguir el camino justo? ¿Quién te desvía de él, di, hacia falsos y artificiosos vericuetos? ¿Qué voz insidiosa quiere disuadirte, entretenerte, ganar tiempo a tu perdición? ¡Cumple tu propósito sin demora! Piensas que vienes a pedirme perdón; ¿no será ayuda lo que de mí pretendes? Creo que sí. Pero ayuda, ni yo ni nadie podría dártela; te daré compañía. Compañía, sí te la daré. Vamos, hermano; vamos juntos a la puerta de don Fernando, y esperemos allí hasta que entre o salga: cuando lo veas, te adelantas y le pides perdón, sencillamente.
Así fueron a hacerlo. Todo un día debió pasar don Felipe Amor aguardando, mientras Juan de Dios mendigaba, ante la casa de su primo. Y cuando apareció por fin este caballero en la puerta, y echó a andar, distraído, calle abajo, le cortó el paso el sobresalto de un cuerpo arrodillado, unos muñones tendidos y unas palabras destempladas: «¡Detente, Fernando! ¿No me conoces?… Soy yo, sí; yo soy: Felipe Amor. ¡Yo, yo mismo! ¿Te enmudece el asombro? Soy yo; aquí me tienes, tullido y harapiento. Explicaciones, no hacen falta; lo sabes todo; y ahora, aquí me tienes, postrado a tus pies. Vengo a implorarte perdón por el mal que te quise hacer y me hice. Dame, pues, tus manos, Fernando, que las bese; déjame que, como un perro, lama sus palmas afortunadas!»
– Temería si te las diera, que, como un perro, las habías de morder. ¡Aparta! -replicóle con voz temblona don Fernando. Al volver de su asombro, se había encontrado preso de la ira, agarrotado por ella. Se sacudió y, dando un empellón al cuerpo rendido que le cerraba el camino, lo derribó por tierra.
Ahora, escapaba, demudado el semblante; pero al separarse de su primo, divisó entre los relámpagos de la cólera la cabeza rapada de Juan de Dios que acudía corriendo en socorro del caído. Por dos veces todavía giró la cabeza; y, a punto ya de doblar la esquina, se detuvo, deshizo sus pasos, y volvió a arrimarse al grupo, a tiempo de enjugar con su pañuelo unas lágrimas que escaldaban la cara de Felipe.
– ¡Desdichado! -Le increpó-: ¿Acaso no pudiste haberme dejado en paz, tras de tantas amarguras? -Y luego, con inesperado acento de queja: -me quitaste, Felipe, cuanto tenía en el mundo; y ahora vienes a pedirme la única cosa que por la violencia no me hubieras podido sacar: mi perdón. Pues… ¡a la fuerza también te lo llevas! Por ti, nunca te lo hubiera concedido; pero este hombre, aquí, es la causa de que no te lo niegue: ¡perdonado seas!
Y dejando a su primo en la calle, arrastró por el brazo a Juan de Dios hasta el zaguán de su casa, le hizo trasponer la cancela y. encerrado a solas con él en una saleta, le asedió:
– ¿Quién eres tú, hombre, que siempre te voy tropezando en la senda de mis desventuras? ¿Qué nueva calamidad me vienes a anunciar hoy, motilón del diablo? ¿Qué han leído en el libro de mi destino esos ojos pitañosos y arteros, hechos a descifrar embelecos?
– Señor, por vez primera os veo. Y si algo conozco de vuestras desventuras, no ha sido ello por obra de artes secretas -respondióle Juan-. Ni entiendo de magias, ni soy portador de avisos. Yo, don Fernando, soy un pobre pecador que anda pidiendo limosna para sostener un hospital de…
– ¡Inútil astucia! ¡Acaso no han sido mis propios oídos quienes escucharon la confesión de esa boca hipócrita? ¿No eres tú acaso el insensato aquel que en cierta ocasión estaba gritando en las escalinatas de la Real Cancillería, y echaba sobre si' todos los crímenes del mundo? Todos: también el de hechicería, seguro estoy… Recuerdo bien que me detuve un instante; pero sólo un instante, porque otros cuidados me llevaban; sí, tenía prisa por conocer la resolución del pleito que me promoviera don Felipe. Mas, a la salida, cuando ya iba cargado con la pesadumbre de la sentencia contraria, y la saliva se me hacía amarga, allí estabas tú, vociferando como un loco. Hablabas -eso no se me olvida, no- del oro que se convierte en humo, dejando sucias las manos y el alma. ¿Por qué me miraste al decirlo? ¡Sabías! – ¿Cómo podía saber, señor? – ¡Sabías! Mi fortuna se había hecho humo, dejándome sucias las manos de halagos, de sobornos, sucia el alma de cuitas, de rencores, de venenos… ¿No sabías tampoco, di, cuando, casi un año más tarde, me saliste al encuentro en el puente nuevo, que yo cruzaba impaciente por llegar a casa de doña Elvira? Me pediste limosna; me decías que no era tiempo perdido el que se gasta en socorrer a los pobres; insistías. Mas yo no te escuché; tenía prisa esta vez también, una prisa desatinada por oír palabras que sellarían mi infortunio. Y cuando hube recibido el fallo de sus labios (y en modo tan discreto, ¡ay!, que realzaba el valor de mi pérdida, redondeando mi desgracia), volví a pasar el puente, ya con pies de plomo, y abandoné mi bolsillo en tus manos… Si nada sabías, ¿por qué, entonces, callaste besando las monedas?
– Señor: acostumbro besar lo que por amor de Dios me dan.
– Dime, hombre. Por favor, habla claro: ¿qué aviso me traes hoy?, ¿qué nueva desgracia me aguarda? Dímelo ya.
– ¿Cómo podría? Si mi presencia es un aviso, alguien guía el azar de mis pasos para fines que se me ocultan, y que mi boca no sabría declarar.
– Pues no he de separarme de ti, ¡óyeme!, hasta que no los conozca. Esta vez obedezco al llamado y tuerzo mi camino.
– ¡Alabado sea el Señor! Por vuestra propia lengua se están declarando esos fines -exclamó Juan, lleno de júbilo. Y rompiendo en lágrimas de piedad, abrazó al caballero.
Desconcertado, aterrado casi, quedóse don Fernando, oyendo sus propias frases sonar en el aire como una rara explosión, extrañas, ajenas. ¿Verdaderamente habían salido de su boca? En un impulso se le escaparían; lo había dicho sin pensar, sin calcular su alcance; y sólo fue capaz de medirlo después, en las alborozadas y graves palabras con que Juan de Dios lo recogiera. Ahí estaba, en el aire: era dicho… y ¿por qué no? -Todo lo había perdido, y en camino estaba de perder asimismo el alma; pues ¿acaso puede esperar perdón el que lo niega? Y él lo había negado un poco antes a uno que se lo imploraba de rodillas; más aún; había hecho rodar por los suelos al inválido que pedía besarle las manos, cuando en verdad era él quien estaba obligado a suplicar perdón de su hermano, pues él era quien, desencadenando su furor con la injuria que en carne de su esposa le hiciera, habíale cortado las manos, y lo había sumido en la peor miseria…
Corrió, pues, en busca de Felipe, y se reconciliaron.
– ¿No ves? -le decía luego, en la efusión de los corazones-. Han tenido que hundirse en lodo tu arrogancia y la mía, rotas la una contra la otra, para que nuestra sangre se junte y reconozca de veras su hermandad. Ahora que no somos sino el despojo de nosotros mismos, ahora nos reunimos y nos abrazamos; sólo ahora venimos a recordar que nuestro común apellido dice amor y no odio.
De esta manera fue como ambos caballeros, cuya vida había quedado trabada, mutilada e impedida en las agitaciones adversas de un común destino, resolvieron consagrarse juntos, siguiendo a Juan de Dios, al oficio de la caridad en que esperaban elevarse y salvarse. Se agregaron, pues, a la compañía del santo, y le acompañaron con abnegación en sus trabajos, hasta probar en su dureza el temple de los ánimos; en su bajeza, el renunciamiento de los corazones. Quienes desde la cuna habían sido servidos, sirvieron con pronta, mansa y solícita obediencia; quienes jamás hasta entonces habían tenido otro ejercicio que el de la caballería, música y amables juegos, se agotaron en enojosos, míseros quehaceres; quienes vistieron siempre ricos paños, hubieron de defenderse con harapos de la intemperie; quienes tenían el paladar hecho a los manjares finos y el olfato a perfumes de Oriente, tuvieron que tratar con las pústulas hediondas, la carne lacerada y pobre, los excrementos… Tras su ejemplo, muchos serían, por generaciones y generaciones, los que, desengañados del mundo, acudieran a aquella nueva orden hospitalaria; pero nadie, nunca, con fervor tan delicado como estos dos nobles granadinos que, olvidados de sí mismos, no hallaban empleo demasiado ruin para su anhelo de mortificación: y en ésta, de espaldas a un mundo que con tan insensato rigor se flagelaba, hallaron una alegría pura, secretísima a fuerza de patente y fácil.
Con todo, faltábales aún triunfar de una ocurrencia tan cruel que hubo de sacudirles hasta las más hondas raicillas del alma. Véase cómo este golpe descargó sobre sus cabezas. Fue el caso que, para castigo de violentos y perfección de piadosos, quiso el cielo enviar una plaga sobre los contumaces crímenes en que Granada hervía: su terror disolvió de repente el encono que exhortaciones y amenazas no habían logrado apaciguar en años; su ira tremebunda anonadaba las viles rencillas de enemigos irreconciliables; adelantábase la muerte a la muerte, disputando presas a la venganza; las premeditadas víctimas sucumbían antes a la peste que al acero, y ¡cuántas veces no irían a encontrarse allí, en la hacinada multitud de la fosa común, con sus defraudados enemigos!… Las puertas y ventanas estaban atrancadas, contenidos los alientos, en tregua de ambiciones y faenas. Y aquel puñado de hermanos hospitalarios que, unidos a Juan de Dios, habían hecho profesión de aliviar las flaquezas de los dolientes, debían descuidarlos ahora, muchas veces en la peor necesidad, para aplicar su misericordia al entierro de los muertos. Eran ya días y semanas sin reposo, sin respiro, sin esperanza.
– ¡Hasta cuándo, Señor! -había exclamado Juan de Dios cierta mañana, alzando los ojos hacia el azul indiferente desde el espeso gentío que acarreaba hasta sus puertas la miseria. Una gran multitud reunía allí sus mil imploraciones, atraída en la necesidad por la fama de una dedicación qué, siendo infalible, había cobrado nombre de milagrosa. «¡Hasta cuándo, Señor!», fue su plegaria. Y al bajar los ojos y derramar de nuevo su mirada sobre aquellos desdichados que se disputaban la asistencia y el consuelo de una bendición del santo, distinguió entre la turba, pugnando por abrirse paso, extendidos los brazos y gritándole algo que la algarabía de los suplicantes no dejaba oír, a aquel muchacho, Antón, que después de haberse prestado a curarle una herida, fue portador durante algún tiempo de las limosnas enviadas por su dueña al hospital. ¿Cuándo hacía que dejara de venir con el regalo de sus mandatos y su risa ufana? ¿No había sido la última vez, aquella en que trajo un espléndido presente, ofrecido por ella en vísperas de su boda?; luego, había desaparecido. ¿Cuánto tiempo hacía de eso?… Y ¡cómo estaba cambiado su aspecto -no, no podía hacer mucho-, cómo estaba cambiado de entonces acá! También ahora llegaba a tender las manos; pero ya no con ofrendas, sino flaco, menesteroso y angustiado. Juan de Dios le tomó de ellas, le atrajo hacia adentro y escuchó sus cuitas. ¿Qué había sido de su vida? ¿Y qué quería, qué necesitaba? ¡Dijera por favor!
Pero el muchacho no tenía más que una sola frase. Clamaba, consternado: – ¡Mi señora, Juan! ¡Se me muere!
Bebió agua, sosegóse al fin un poco. Después contó de qué manera había penetrado el mal en la casa de sus amos y, tras de cebarse en algunos de los sirvientes, para igualar a pobres y ricos atacó también al anciano dueño, cuyas fuerzas tuvieron pronto término.
– Muerto mi señor, todos los criados huyen, despavoridos; por salvar la vida, largaron el lastre del agradecimiento… Y, ahora, Juan, ahora es ella, doña Elvira, mi dueña, quien está a la muerte… Mientras al padre le quedó aliento, se mantuvo en pie la hija; mas ahora… Y ¿qué puedo hacer yo, solo? ¡Socórreme, Juan! ¡Vamos, anda, ven conmigo!
– Pero aguarda un momento, escucha; dime ¿nadie de la familia ha quedado? ¿Y el esposo?
– ¿Qué esposo, Dios me valga? ¿Pero no sabes que ni siquiera llegó a desposarse mi doña Elvira? ¡Ay! No lo sabes, es cierto-. Pues habrás de saber que desde aquella fiesta de los desposorios ya no hubo día bueno en la casa… Vamos, Juan: por el camino te contaré.
– Cuenta, cuenta: ¿qué ocurrió?
– ¿Qué? Llegó la fiesta, y todo era maravilla. ¡Qué fiesta, Juan! Músicas, dulces, cohetes, refrescos, perfumes… Tú, Juan, de seguro no has visto nunca nada semejante.
– Gran casa la tuya, ¿no?
– ¡Grande! ¿Qué te podría decir?… A cada momento procuraba yo entrar de nuevo a la sala, llevando una garrafa, pasando una bandeja, retirando las copas sucias… Pero, ¡ay de mí!, ¿qué importa ahora todo eso? La fiesta se estropeó, y éstas son las fechas en que aún no hemos sabido a punto fijo el porqué. Murmuraciones, claro es que no han faltado. Pero lo único seguro es que el novio salió de improviso; quedó la novia demudada, y no valió ya el disimulo de su turbación para evitar cuchicheos. Proseguía, sí, la fiesta; pero desde entonces nada iba concertado; algo había sucedido. Hasta que, un rato después -no sabría yo decir cuánto: mucho me pareció a mí-, vinieron a entregar un cofrecillo de parte de don Felipe, el novio ausente, y lo pusieron en manos de doña Elvira… Ahí sí fue el disolverse la reunión; pues ella -aún la veo- lo apretó contra su pecho y, sin tan siquiera abrirlo, huyó hacia su cuarto. Interrumpiéronse las músicas y, un poco más tarde, el viejo señor (¡que gloria haya!) encargada a un pariente despedir a los convidados con el anuncio de que su hija estaba indispuesta… Ha habido – ¡imagínate!- muchas habladurías acerca del cobrecillo: de cierto, cosa alguna. Tan sólo que desde ese punto y hora no quedó ya sino silencio, suspiros y duelos en la casa; tristeza, cansancio. La joven, esforzándose por aparecer serena; el viejo, recorriendo las galerías, paseos arriba, paseos abajo, un día y otro, las manos siempre a la espalda, que parecía írsele a ir el sentido… Hasta que esta peste vino a cortar su vida y sus pesares… Y ahora ¡también ella! ¿Por qué, por qué ella, Juan, sin otro pecado que su hermosura?…
– No otro, en verdad, hijo mío -confirmó, sentencioso, Juan de Dios. Y como Antón, con un destello de susto entre las lágrimas, quisiera penetrar la palabra del santo, le tranquilizó en seguida, puesta una mano en su cabeza: -No llores, criatura. Escucha: yo no podía irme ahora contigo y dejar a toda esa gente que espera a la puerta; pero te daré quienes te acompañen y velen mejor que yo a tu enferma.
Fue, pues, en busca de Felipe y Fernando Amor, y a ellos les encomendó cuidar de la apestada cuya vivienda les indicaría aquel muchacho. Sin demora, se pusieron en marcha los tres. Mal hubiera podido, en su apresuramiento y ansiedad, reconocer Antoñico al caballero soberbio desaparecido en plena fiesta de desposorios, bajo la apariencia miserable e inválida de uno de los humillados mozos que ahora seguían sus pasos hacia la morada de doña Elvira. En cuanto a don Felipe, jamás, ni entonces ni nunca, había reparado en el paje de su abandonada novia. Juntos iban sin conocerse ni sospecharse. En cambio, don Fernando, que por primera vez lo veía, experimentaba a su presencia alguna especie de inexplicable, confuso, angustioso, presentimiento… Ensimismados, taciturnos, atravesaron la ciudad solitaria. Sus pasos resonaban en las callejuelas, ante las cerradas ventanas; por las esquinas huían los perros; sólo agua y cielo y los pajarillos del aire parecían inocentes en Granada. Andaban ellos sin cambiar palabra; avanzaban y, conforme avanzaban, crecía la opresión de sus corazones. Casi que les estallan en el pecho cuando, llegados a una calle que le era a todo familiar, el guía se detuvo ante la temida puerta, y entró en el zaguán, y empujó la cancela y se metió en el patio. Miradas de espanto se cruzaron entre los dos hombres. Pero su vacilación no duró más de una centella: ninguno de ellos ñaqueó en la prueba. Escaleras arriba, siguiendo juntos hasta llegar a la alcoba por la que un tiempo habían batido de acuerdo sus corazones enemigos…
Inútil parece proseguir: lo que importa, queda dicho. Encontraron muerta ya a doña Elvira en la casa desierta. Al verla, cayeron de rodillas a ambos lados de su cuerpo y encomendaron su alma a Dios, mientras que, a los pies de la cama, se retorcía Antoñico en alaridos y sollozos. A don Fernando correspondió el triste privilegio de amortajarla con sus manos; entre tanto, colgados los inútiles brazos, contemplaba don Felipe el horrible estrago de la muerte. ¡Qué dolor!… Sobre el macilento pecho, una crucecita de oro relucía.
Pasó la peste, dejando a Granada en más desolación que arrepentimiento. Fue balde de agua volcado sobre una hoguera furiosa: lleno de escoceduras y llagas, se queja el fuego y ya dimite: cede, parece que va a sucumbir; pero es sólo para recobrarse luego con mayor ferocidad. Todo aquel encarnizamiento, apenas contenido por la plaga, debía explotar años más tarde en la sublevación de los moriscos, a cuyas resultas se remonta la postración en que todavía, hasta hoy, languidece el antiguo reino. Pero, con todo, algunos pocos escarmentados, desengañados o advertidos, acudieron por entonces en busca de nueva vida junto al maestro Juan de Dios, engrosando así aquella pequeña comunidad que, bajo su ejemplo, había luchado contra la plaga, vencido el terror y salvado el nombre de humanidad, sin que la peste misma se atreviera contra su heroísmo piadoso: pues ninguna de las abnegadas cabezas -como se refería con admiración, achacándolo a milagro- había sido marcada por su dedo. Y esta señal de bendición fue lo que más movió a la gente en favor de la santa compañía. Entre todos sus seguidores, Juan de Dios prefirió siempre en secreto a aquellos dos caballeros de quienes aquí se habla, don Felipe y don Fernando Amor, asistentes suyos en los más rudos trabajos; y cuando sintió acercársele la hora del tránsito, a ellos eligió para testigos únicos de su muerte: los llamó a su lado y les pidió su ayuda para levantarse del lecho, pues había perdido sus últimas fuerzas. Abrazado al cuello de Felipe, sostenido en los brazos de Fernando, irguió su cuerpo flaco; e hincándose de rodillas sobre la estera de esparto, apoyados en el jergón los codos, y entre las manos juntas un crucifijo, tal como se lo puede ver en el cuadro, estuvo orando hasta el final, mientras los dos hermanos lloraban en silencio, apartados a un rincón…
La fama del santo cundió pronto, a partir de Granada, por toda la Cristiandad, llegando también hasta el lugar de su nacimiento. Monte mayor el Nuevo, en Portugal. Allí recordaron entonces con testimonios varios que. El día de la venida al mundo de este bienaventurado Joao de Deus, entre otros prodigios, se había visto una gran claridad en el cielo, y las campanas de la iglesia repicaron sin que nadie las tañese.
(1947)



El Doliente

"Ya vuelve Ruy Pérez", dijeron en un susurro los labios resecos del rey; y sus párpados cayeron de nuevo sobre las dilatadas pupilas. Horadando el espeso rumor de la aceña, le había llegado a los oídos desde el bosquecillo el son de una trompa de caza, insinuado apenas, luego ahogado en el agua. Aguardaba ahora el chapoteo de los caballos sobre el fango; enseguida, el ruido de sus cascos amortiguado por las hojas secas de la calzada; y, en fin, sus pisadas batiendo con tintineo metálico sobre las piedras del patio.
Inmóvil, retrepada la cabeza, brazos y piernas extendidos, el rey esperaba con paciencia infinita. Allá, el trajín de las cuadras, el chirriar de goznes y cerrojos, el confuso, irritado barullo de una disputa; y, por último, cada vez más cercanos en la escalera, los pasos de su montero. No bien lo tuvo ante sí, preguntóle don Enrique:
– ¿Me dirás, Ruy Pérez, qué le ha pasado a mi yegua alazana, que viene renqueando?
Sin darle respuesta, cerró calmosamente el montero la puerta de la cámara, y alzó ante el lecho de su señor una garza hermosa que había cobrado. Dejó caer luego el trofeo en una banqueta, y contestó:
– ¡Nada fue, señor! Se clavó una espina en la mano izquierda; ya el albéitar la está curando. Mas ¡qué pronto conoció mi señor que era su yegua!
– ¡Ah, Ruy Pérez, maldito! El día entero cabalgar y cabalgar. ¿Para qué?
Una débil llama de furor incorporó al rey en su catre: izado sobre un seco brazo cuyo codo se hincaba en el jergón, arqueó el torso e irguió la frente. Pero enseguida tuvo que desistir del esfuerzo: la cabeza se le desplomó de nuevo en el cabezal.
Entonces rebulló en su rincón el ama Estefanía González, que en toda la tarde no se había movido, y acudió a embozar a don Enrique. Sus manos ágiles arreglaron los pliegues de la frazada, el pelo húmedo en la frente ardorosa del enfermo. Este le mandó una sonrisa lastimera: "¡Viejecilla loca, madre Estefanía!" Y se quedó sosegado, mientras se retiraba a su sitio sin pronunciar palabra. Le bastaba al rey la presencia, la mera y muda presencia del ama Estefanía, cuyos pechos nutrieron su flaca infancia, para sentirse sostenido. Era algo como una renovación de las raíces de la vida, como el reflujo de aquellas oleadas calientes que, veintiún años atrás, enviaba a su cuerpecillo de recién nacido, con el golpe de la leche, el cuerpo recio de la mujerona. ¡Ay! ¿Quién, por aquel entonces, hubiera podido imaginarse lo que sobrevendría corridos breves años? Nunca se pudo averiguar en la Corte el maleficio; pero el caso es que, a un tiempo mismo, con diferencia de días, una calentura maligna calcinaba los huesos del rey niño, arruinando para siempre su salud, y la nodriza sufría un envejecimiento prematuro: la que era fresca y graciosa perdió de pronto la lozanía y el seso; consumiéronse los miembros, y comenzó a desvariar… Dicen que, al verla en tal miseria, su otro hijo -el verdadero, el hijo de la carne, aquel Enrique González que había crecido en los patios del castillo protegido de los extremos de la befa por el ceño del rey, siempre dispuesto a cubrir con su autoridad la indefensión de su hermano de leche-; dicen que este desdichado Enriquillo González se dio a reír con un raro júbilo cuando vio a su madre caída en la demencia, como si quisiera dar a entender que la recuperaba y se reunía con ella en esas tinieblas, después de haberse sentido descastado, privado de su natural alimento, relegado y preterido en beneficio del infante real. El infante, en cambio, había llorado en su cama, tapada la cabeza con el cobertor, durante horas enteras, en la congoja de sentirse abandonado por su aya, que se iba de sí cuando más falta le hacía… Pero hubo de resignarse, y pronto halló consuelo. Cierto que, enajenada, ya no era la misma, que ya no era apenas sombra de lo que había sido: ni gobernaba la casa, ni la animaba con sus decires como antes; pero siguiera estaba ahí, permanecía junto al doliente, quieta y silenciosa, haciéndole compañía. Y sólo cuando, alguna vez, prorrumpía en gritos inhumanos, era menester sacarla de la cámara y llevarla a encerrar en una torre. Pero esto acontecía muy de tarde en tarde, cada vez con menos frecuencia, y hasta parecía que ya por último el mal quisiera abandonarla…
Volvió, pues, la vieja a sentarse en su escabel, junto a la ventana, mientras que, por su parte, Ruy Pérez se dejaba también caer en el banco, apartando un poco la garza que le había ofrecido al rey. Estiró las fatigadas piernas y, tras una pausa, notificó a don Enrique:
– Señor, hoy he sabido algo que me da pesadumbre: Alonso Gómez, con toda su gente, ha entrado al servicio del obispo don Ildefonso.
– ¿Eh? ¿Cómo lo supiste? ¿Será cierta la noticia? -Conocía muy bien el rey que no podía dejar de serlo; más de una vez se había inquietado, durante los meses anteriores, por la dilatada ausencia de su vasallo, esquivo y huidizo, y si nunca había preguntado, era porque temía saber. Pero la desolación de su alma buscó todavía un apoyo en las dilaciones de la duda-: ¿Es cierta la noticia? -repitió con desmayo. Y luego, sin aguardar confirmación, su boca se amargó con el comentario-: ¡Dios me valga: otra deslealtad!
Pero el montero no le consintió escaparse en el alivio de la queja:
– Señor, a Alonso Gómez son ya los sueldos de tres años corridos los que se le están debiendo…
– También a ti, Ruy Pérez, también a ti se te deben tus sueldos, y aún no me has abandonado.
– Señor: si abandonáis a vuestra gente, siendo el rey ¿cómo pensáis que los vasallos no os abandonen?
Nada replicó don Enrique. En el silencio de la cámara se podía percibir su respiración ansiosa. Entornó los ojos, y ya quería refugiarse en el sueño cuando le volvió a acosar la voz áspera de su montero refunfuñando:
– No, no ha de faltarles cuidado a los halcones del rey de Castilla mientras Ruy Pérez tenga vida. Falta, sí, que el rey mismo no nos falte a nosotros…
Sintió poco después don Enrique el golpe de la puerta que se cerraba a espaldas del montero, las pisadas que se perdían escaleras abajo; y nada más. Pasó un rato. Comenzaba otra vez a quedarse traspuesto -los martillazos falsos de la herrería, el acre olor a pezuña cercaban sus adormilados sentidos- cuando un perro, saliendo de bajo su cama, se acercó a olisquear su mano que colgaba fuera de la sábana. Crispada al contacto húmedo del hocico, la mano del rey se levantó despacio para acariciar la cabeza del animal; pero tanteó en el aire sin tropezarla; el perro se había alejado ya para ir a olfatear la garza abandonada sobre el banco.
– ¡Ay! ¡Ay! Este mal, yo lo llevo prendido como se prende el alano a la oreja del jabalí, y no puedo arrancármelo del cuero… Y ¡qué duro es para un enfermo este invierno en tierras de Burgos! -consideraba a media voz don Enrique, haciendo queja de sus reflexiones-. Todo parece muerto; muerto y sepultado y olvidado para siempre. Y yo, ¡pobre de mí!, yo, el rey de Castilla, ¿habré de consumirme en esta cama de mis tormentos? Mis miembros están entumecidos… -prosiguió el lamento tras una pausa, dirigiendo ahora hacia Estefanía la quebrada voz-. Di, nodriza: ¿no me haría bien levantarme un rato, mudar de postura? -Y luego, impaciente-: ¡Dime, contesta! Nunca me resigno a creer que no me entiendas, quieta ahí como una piedra, como piedra astuta que mira sin decir nada…
Un leve rubor de ira coloreó por un momento las pálidas mejillas, para desvanecerse de inmediato. Apartando las cobijas, sin ayuda, con un tirón nervioso, se echó del lecho y, vacilante, fue a acomodarse en el gran sillón instalado junto a la ventana. Entonces sí acudió el aya a tenderle un manto sobre los hombros y a remeter luego sus bordes alrededor del cuerpo arrebujado.
– Me arropas, me envuelves como a una criatura. Eso sabes hacerlo. Eso es lo que de ti resta, nodriza; y eso es también, ¡ay!, lo que resta de mí.
Se sumió la voz del rey entre los ruidos fatigosos que salían de su pecho. A poco, también comenzó a apagarse su agitación y quedó en fin sosegado, perdida la vista en la ventana. Desde su asiento divisaba el patio solitario, confinado por un recio muro sobre cuyo borde asomaban sus ramas una hilera de chopos, desnudos de follaje. Arriba, el cielo cerrado. Y al fondo, en un rincón del patio, una tabla que se pudría en la humedad… Cansado, recogió don Enrique los distraídos ojos y dejó caer la mirada sobre sus flacas manos, acostadas en el regazo. "Hoy Ruy Pérez me ha traído una garza -barajaba, indolente, su pensamiento-; una espléndida garza: ahí está. ¡Garza real!… ¿Qué día será hoy? El día se acaba; ya cae la tarde; cae."
En esto, la bien conocida risa de su hermano de leche, la risa del Enrique González, estalló fuera y atrajo de nuevo hacia el patio la atención del rey. Helo ahí, chanceando con un mozo de cuadra. El mozo llevaba un saco al hombro, y Enrique González le ha tirado del brazo hasta hacerle perder el equilibrio. Y mientras el hombre, rehaciéndose, blasfema e intenta limpiarse el barro de la mano sobre la pelambrera del idiota, éste alza en sus brazos fornidos el saco: fuerzas le sobran para echárselo a la espalda y, así cargado, correr hacia el establo, ante el mozo de cuadra que, medio furioso medio divertido, sigue su contoneo. Uno tras otro, han desaparecido ambos por la puerta del fondo, y ya no queda en el desierto patio sino la fila de pisadas, interrumpida por el resbalón fangoso en un remolino de huellas. Don Enrique se ha quedado pensando en ese muchachote que tiene su misma edad, pero que ha crecido tanto, tanto, y cuyas manos enormes nunca cesan de moverse y agarrarlo todo. "Vedlo ahí, en la nieve y en el frío -cavila-, rebosante de energías; de aquí a poco rato saldrá para echar sus reteles en las acequias, y volverá muy ufano con las manazas enrojecidas por los alfilerazos del hielo, y llena de cangrejos la alforja; se sentará junto a la chimenea, los hervirá en un pote; no entenderá las pullas de los mozos y, sin responderles, seguirá chupando sus cangrejos hasta que, por último, quiera tumbarse a dormir en un rincón de la cocina. Y dentro de diez, de veinte, de treinta años seguirá, haciendo lo mismo. Lo mismo que hoy, resonarán entonces sus risotadas en el patio. Hasta que Dios lo disponga… ¿Y yo?, ¿cuándo seré llamado al seno de Dios? Pues yo, ¿qué hago yo? Dar vueltas en esa cama y darle vueltas en el magín a las cosas que no tienen compostura. Así, hasta que Dios quiera. ¿No valdría más?… "
Exasperado, prendió el cordón de la campanilla y lo sacudió con estrépito; luego, caídas las manos y la vista clavada en la puerta, se quedó aguardando. Pasos ligeros en la escalera anunciaron la llegada de un paje.
– Que suba enseguida Ruy Pérez.
– Ruy Pérez, señor, volvió a salir; no está en el castillo.
Se hundió el rey en un tan dilatado silencio que las pocas palabras cruzadas con el niño llegaron a sentirse como cosa indeciblemente remota, y éste, parado a la puerta, se tuvo por olvidado.
– ¡Señor! -susurró.
– Pues que venga entonces Rodrigo Álvarez -fue, por fin, la orden que lo despedía.
Cuando, tras alguna espera, volviera a abrirse la puerta sería para dar paso a un hombre cano, barbado y lleno de parsimonias.
– ¿Cómo se entiende, Rodrigo Álvarez -le dijo don Enrique, no bien lo tuvo ante sí-, cómo se entiende que el rey haya de pasar la vida solo, sin que nadie lo asista, a no ser esta pobre Estefanía, tan necesitada ella misma de atención?
– Bien lo sabéis, señor: vuestra aya es la única persona que toleráis al lado; nadie más se atreve a aportar por esta cámara, si no es llamado. Además, lo sabéis también, cada cual anda afanado en su quehacer, y ése es el mejor servicio que todos podemos hacer al rey, en los días que corren y tal como van las cosas.
– Siéntate aquí a mi lado, Rodrigo Álvarez, amigo. Ves que mi salud mejora; quiero que me pongas al tanto de todas las novedades.
El anciano se acarició la barba y, tras estudiada pausa, empezó a decir:
– No quisiera, en verdad, don Enrique, agobiar vuestro ocio de enfermo con tan ásperos cuidados. Pues si me lo demandarais, sólo malas nuevas podría daros. Mas ¿de qué os valdría conocerlas, señor, si ya nosotros acudimos al posible remedio?
– Habla, te digo.
Entonces el mayordomo, en un discurso de ensañada insistencia, lento, minucioso, preciso, comenzó a relatar los desmanes que, sin tregua, venían cometiendo los señores del reino contra los derechos de la Corona. Bosques destruidos, rebaños robados, villas expoliadas, rentas usurpadas, vasallos seducidos o vejados, siervos oprimidos -todo esto iba cobrando cuerpo y se amontonaba en la implacable abundancia de los detalles aducidos por el mayordomo, incansable y formal, como se amontonan al pie de su vieja fábrica los escombros de un bastión arruinado.
A duras penas seguía don Enrique la maraña de hechos que su servidor refería con abrumadora copia de circunstancias, nombres y fechas: tal intriga se había alcanzado a conocer por obra de la casualidad, tal otra felonía había sido delatada por un pechero, quejoso de malos tratos… Temblaba el rey, como quien se siente mirado y observado desde cien puntos diferentes, sin poder ver a los que acechan.
– ¡Basta! -dijo-. ¡Basta! -gritó, rechazando con las manos el montón de infamias. El mayordomo cortó en seco su informe, y permaneció mudo. Las manos del rey habían recogido en su hueco la frente pesada, las cejas doloridas-. Si Dios me da fuerzas, este verano habrá de ponerse orden en todo.
Dios quiso darles fuerzas. Pasado que fue el rigor de los fríos, don Enrique empezó a sentir mejoría: se hizo peinar la barba, pulir las uñas, y pronto inició sus salidas al campo en breves excursiones de caza. Más que en el vigor todavía resentido y vacilante del propio cuerpo, notaba su restablecimiento en las gentes de alrededor: así como los animales del bosque abandonaban sus cubiles en las quietas nieves, y aun se atreven a asomar los hocicos al poblado, pero huyen de nuevo para sus guaridas a la menor señal de alarma, así también, cuando el rey levantaba la vista empinado sobre su dolencia, escondíanse todos los ojos que con disimulo habían estado cercándolo; y eran ojos innumerables, eran todos los seres del bosque, eran todas las gentes del reino, era el mundo entero, que espiaba sus movimientos y estaba atento a las alternativas de su respiración…
Don Enrique fatigaba su magín buscando los medios con que restaurase la autoridad de la corona; mas la acción esforzada que a la postre intentaría para ello, y que pareció por un momento destinada a rectificar el torcido curso de sus asuntos, comenzaba a gestarse a espaldas suyas. Era en verdad algo que ya estaba ahí, soterrado, desde años; algo que había sido incubado en el seno de sus fiebres y de sus interminables vigilias; algo madurado, sabido, esperado. Y sin embargo, ahora, al erguirse y tomar bulto y ponerse en movimiento -como una culebra que hasta el instante en que se despereza su lenta seguridad hubiera podido confundirse con la rama seca de un árbol-, se revelaba fruto de condiciones todavía ignoradas por él mismo.
Así, uno de aquellos días en que, avanzada la primavera, había el rey salido a cazar, y cuando llegada la tarde, entre alegre y rendido por el esfuerzo de la jornada, emprendía con su séquito el regreso al castillo, ya habían empezado a tejerse en el fondo de éste, entre las chuscadas de servidores groseros que entretenían su ocio en torno al fogón, las primeras fibras de la estofa con que el acontecimiento debía tramarse. Bien ajeno a todo cabalgaba el rey; pero su cabalgar taciturno le acercaba paso a paso al único acto de fuerza que cumpliría en su reinado, y para cuya consumación necesitaría reunir el desdichado sus energías todas. Si queremos conocer ese hecho hasta en sus primeros orígenes tendremos que descender, pues, a las cocinas y avenirnos a escuchar allí la conversación llana, tosca y vulgar de la gente menuda. Su punto de arranque había sido el azar de una pregunta envuelta en el bostezo de un pinche: ¿Cuándo comenzaban a guisar la cena? – Eso -fue la respuesta del cocinero-, pregúntaselo al señor mayordomo, que es quien te lo podrá decir. Aunque si escuchas mi consejo, más te valdrá no gastar en averiguarlo arrestos, no sea que no haya luego con qué los repares. -Algunas risas pusieron mohíno al muchacho; pero, animado por ellas, su jefe prosiguió la chanza: – No reírse: él tiene hambre, y pregunta. Di, mozuelo, ¿tienes hambre?
– A nadie le importe si la tengo o no; eso es cuenta mía. Sólo que, como veo que ya se va haciendo noche y estará el rey al llegar…
– Pues ¡bueno! ¡Ahí va la gran noticia! Escucha: hoy no se guisa cena. ¿Qué dices a esto? ¿Qué te parece? ¿Nunca habías oído que todo un rey carezca hasta no tener qué llevarse a la boca? Pues alégrate, que en eso vamos imitando todos al Rey de los Cielos, más glorioso cuanto más pobre. Hoy todos ayunaremos con el rey de Castilla, y ésa será penitencia de nuestros pecados.
– ¿Qué burlas son éstas, señor don caldero? -reconvino desde la puerta la voz grave del herrador-. Por demás triste es el estado a que está llegando el rey, para que hagamos gracias a costa suya.
– Pero ¿creéis vos que me burlo? Le decía a este muchacho que se prepare a ayunar, pues ya tiene años para cumplir el precepto; y le instruyo además con el ejemplo de nuestro Salvador, para que no se le ocurra tener en menos al rey don Enrique viéndole reducido a tanta miseria. ¿De dónde salís vos? He dicho que no hay cena, y no la hay; veras son éstas, que no burlas. Si tanto os pesa, a vos y a otros, y aunque sólo sea para que este chico deje al fin de bostezar, ¿por qué no te acercas tú, Maroto, tú que eres allegado a esa santa casa, por qué no te acercas a las puertas de Su Señoría, a ver si los criados del señor Obispo quieren echarte en una escudilla las sobras del banquete que ayer ofreció su amo? Puedes pedir la limosna en nombre del tuyo: ¿por qué no habría de mendigar el rey de Castilla?
– ¡Buen obispo nos dé Dios! -exclamó el nombrado Maroto. Y luego de una estudiada pausa, comenzó a referir a sus camaradas los pormenores del festín a cuyo servicio había ayudado la víspera. Era mozo trotamundos, sabía hacerse escuchar. Con palabras y gestos, ponderó el lujo del banquete ofrecido a los señores del reino por el prelado, exagerando las pingües vituallas, la gula y el despilfarro. Enseguida -baja la voz y en tono sentencioso- hizo notar que todo aquel glotón desenfreno venía a preludiar el de los corazones: pues los potentados de Castilla se habían reunido a la mesa del obispo don Ildefonso, no tanto para henchir los bandullos hasta quedar ahítos, como para trinchar el reino, desmembrarlo y repartirse sus tajadas, expoliando al Doliente.
– Cerca ya de los postres empezó el obispo a abordar la cuestión, y todos quedaron pendiente de sus labios. Ya conocéis su arte; es un gran sabio. Y yo, que andaba por allí con librea de la casa, lo miraba sin perder palabra: quien no lo haya oído no podrá imaginar tal maravilla…
– Pero, ¿qué decía? -le interrumpió uno.
– ¿Qué decía? ¡Ah! Yo no me cansaba de mirar su mano, moviéndose ante él como una torcaz que, posada al sol, se esponja y se alisa el plumaje. ¿Y su cara?, ¡qué dignidad! ¿Y aquellas sus palabras, que le salían de la boca espesas y seguidas como las ovejas del redil? Yo, amigos, no le quitaba ojo de encima. Y así, pude notar cuando nadie lo notaba todavía algo que le estaba ocurriendo. Otros no se dieron cuenta; yo, sí: el rebaño de palabras se le agolpó en los labios y, pasado el atascón, volvió a derramarse en desorden hacia fuera, mientras que la mano, con alarma de pájaro sorprendido, se quedaba parada un instante para agitarse luego, inquieta. Nadie se percató, y él pudo seguir su discurso; pero yo no le quitaba la vista; y vi cómo su frente enrojecida manaba gotas de sudor; gotas y más gotas que, empapándole las cejas, le chorreaban como un llanto.
Parecía que fuera a darle un mareo… Hasta que…, ¡zas!, volvió a cortársele el discurso, y esta vez sin disimulo posible; se puso en pie, y aquel rostro siempre bermejo palideció hasta quedar amoratado. Lo miran todos con asombro; y las palabras que ahora está pronunciando, levantado y con lentísima voz, son éstas: "En fin, mis señores: para que mi dignidad no cohíba vuestro juicio ni pese en vuestra decisión, os dejo por un rato en compañía de mis palabras, aunque libres de mi presencia." Y enseguida, empujando atrás la silla, que derribó al salir, escapó del comedor sin atender ruegos. Los criados obligados a seguirle tuvieron que correr -¡correr, sí!- tras Su Eminencia por la galería, hasta su cámara… Cuando, pasado un tiempo, regresó a la sala, ya compuesto, sosegado, pero todavía lívido, le fue imposible reanudar su discurso: los señores habían acabado entretanto con el vino, y el vino a su vez había acabado con los señores.
Maroto guardó silencio, complaciéndose en la impresión que su relato había producido, mientras que sus palabras eran rumiadas por los oyentes. Sólo aquel pinche cuya pregunta sobre la cena abriera la conversación volvió a inquirir ahora por qué Su Señoría había salido del comedor tan intempestivamente. Un coro de carcajadas acogió la perplejidad del muchachote.
– ¡Siempre se han de burlar de mí, por Dios! -profirió, corrido.
Se extinguieron las risas y, sobre ellas, comentó la voz grave del herrador:
– Pues no hay peligro en cambio de que tales accidentes ocurran en esta casa. En cuanto al señor prelado, parece que no escarmienta. Recordad aquella vez, va para tres años, que en plena misa solemne hubo de abandonar el altar, dando lugar a murmuraciones sobre el cumplimiento del ayuno… Pero, en fin, maestro -añadió dirigiéndose ahora al cocinero-, ¿es que nosotros vamos a ayunar sin obligación? Disponed ya lo que deba prepararse y servirse, poco o mucho, que es tarde y don Enrique estará a punto de regresar.
– ¿Lo que ha de servirse? ¿Y qué ha de servirse?… Ven acá, mozuelo -gritó el cocinero a otro muchacho que estaba en un rincón haciendo soga-, ven y declara a quien lo desee oír qué es lo que has conseguido hoy cuando el mayordomo te envió en busca de provisiones.
– Malas palabras es todo lo que traje para casa -contestó el mandadero-: ni carne, ni pan. Y aun quisieron arrojarme las pesas a la cabeza cuando pregunté si acaso la palabra del rey no vale ya una onza de vaca. Plata y no palabras quieren.
Se hizo un silencio. Al cabo, reflexionó alguno:
– A esto teníamos que llegar cualquier día. Enfermo el rey, sin fuerzas para tirar de su alma, cuanto menos para tener en respeto a los malos vasallos que niegan lo que deben y todavía roban lo que no les pertenece, ¿qué otra cosa se podía esperar sino esta ignominia? ¡Pobre de mi señor, que en medio de su reino es un cautivo cargado de cadenas!. Ahí viene ya: cómo me duele que tenga de encontrarse con esto…
En efecto, fuera se estaba oyendo el tropel de los que llegaban y desmontaban en el patio. Subieron, pues, los cazadores al salón, y don Enrique mandó pedir la cena. Este fue el momento en que sus manos toparon con aquellas primeras fibras de la trama, y empezaron a enredarse en ella. Pasaba rato y rato, y la orden del rey no era cumplida. Por tres veces tuvo que reiterarla, displicente, impaciente, irritado, y cuando ya iba a tocar los límites del furor compareció a su presencia el cocinero, demudado, para notificarle: – Señor, no tenemos cena.
– Y ¿cómo así?, ¿qué ocurre? -gritó don Enrique-, ¿dónde está el mayordomo? ¡Que venga inmediatamente! -don Enrique estaba cansado y hambriento; el acento de su cólera tomaba por instantes inflexiones tristísimas, vetas de desolación. Y los hombres de su compañía, que andaban por allá desciñéndose las espuelas, acomodando sacos y zurrones y comentando la jornada, se volvieron al oírlo, prestaron atención y quedaron suspensos.
Ahora el cocinero pretendía explicar: había salido el mayordomo Rodrigo Álvarez con un pequeño destacamento a cobrar como pudiera algo de lo que era debido al rey, y juró al partir que no volvería si no era trayendo dineros… Hizo una pausa, tomó ánimos en la estupefación de don Enrique, y agregó: – Señor: el dinero ya se nos había acabado tiempo ha; hoy se nos acabó también el crédito.
Las miradas todas están puestas en el joven rey: una oleada caliente sube por sus mejillas pálidas hasta los ojos, que se distraen en el campo anochecido, a través de la ventana. Tras larga, penosa expectación, lo ven en fin quitarse la capa y entregarla al cocinero: – Mándala a empeñar, Juan.
Se inclinó el hombre tomando la prenda y dejó a los señores en silenciosa espera. – Toma, corre, ve a empeñar esto -ordenó a un mensajero, no bien hubo bajado a la cocina-; que el rey se desabrigó por fuera para que podamos abrigarnos por dentro. Ve y trueca lana por carne; y Dios quiera no deparárnosla demasiado dura, así tengamos la fiesta en paz.
El muchacho corrió a la ciudad, rodeó las empinadas calles a espaldas de la catedral, y puso la capa en manos de un judío, quien, desplegando la tela, miróla del haz y del revés, preguntó: – ¿Dónde la has hurtado? -y, por último, vuelto de espaldas, sacó de una gaveta una pieza de oro y se la entregó sin añadir palabra…
La cena fue sombría. Callaban todos al comienzo, devorando el guiso que, a prisa, a prisa, había aderezado el cocinero. Pero conforme la salsa, sazonada con romero y tomillo, y el áspero vino de la tierra entonaron los corazones sin disipar el humor sombrío, se comentó con rabiosa amargura el contraste entre la actual pobreza del rey y el fausto insolente de sus grandes vasallos. Los comentarios habían comenzado en voz baja, entre vecinos de mesa; mas pronto se extendieron y cruzaron por encima de la tabla como jarro que se derrama, y los susurros apagados por la ira se fueron elevando al tono vibrante de la indignación. Su luz prestaba, sobre todo, un brillo crudo a los detalles del festín que la víspera se había celebrado en el palacio del obispo don Ildefonso; se aducían con ofendida vehemencia muestras increíbles de disipación, alegría escandalosa y pagano despilfarro.
El rey comía absorto y en silencio. Pero, acabada la cena, se apartó con Ruy Pérez, su montero, y ambos resolvieron preparar un golpe de mano que redujera el poder de los crecidos señores. Para ultimar sin estorbo durante ella los pormenores del plan, se dispuso una nueva salida de caza, con sólo las gentes que el propio Ruy Pérez seleccionaría.
Y así, dos días más tarde partieron antes de rayar el alba los llamados a participar en la conjura, y cabalgaron cosa de legua y media. Mientras los sirvientes iban delante con los perros, atrás los señores, en tropel apretados alrededor del rey, discutían el cómo y cuándo… Concertado, pues, fijado y ajustado con detalle, descabalgaron en un bosquecillo y se agruparon a la sombra de un roble para tomar descanso antes que se emprendiera el ojeo. Ahora, ya que todo estaba dispuesto, se discurría con nervioso regocijo sobre las consecuencias del golpe, que había de restituir al rey un poder "roído por las ratas de la traición", castigando la soberbia y el abuso de los magnates.
Separado del corro, escuchaba don Enrique la charla ruidosa de sus amigos, que se quitaban la palabra y se ofrecían vino los unos a los otros celebrando por adelantado el éxito de su proyecto. Y cuando, pasado un rato, quiso el rey abrirse paso entre el grupo entusiasta, necesitó apoyar con insistencia su mano en el hombro de Ruy Pérez que, en aquel instante, mantenía alta la bota de vino para recibir en el gaznate un delgado chorrillo de transparente rojez. Se apuraron todos entonces a ofrecerle al rey algo que comiera; pero don Enrique hizo una indicación a su montero y éste dio órdenes; sonaron las trompas, se reunió la gente, y Ruy Pérez dispuso el súbito regreso. Enseguida cundió la noticia entre los sirvientes: el rey se había sentido repentinamente enfermo.
Por sus pasos contados vino a cumplirse, pues, el hecho de fuerza que agotaría las del Doliente. Dos semanas habían transcurrido desde aquel día, cerradas a piedra y lodo las puertas del castillo, y ahora acudían a él los señores todos del reino desde sus diversas tierras y lugares. Conforme iban reuniéndose en los patios traseros los séquitos de los grandes, se hacía más espeso entre las gentes el rumor de la muerte del rey. Palafreneros y espoliques atendían a las bestias apremiando con gritos e injurias a los mozos de cuadra; pero los criados y escuderos de los magnates platicaban entre sí acerca de las causas de la asamblea convocada y de las consecuencias que eran de prever. Nadie sabía nada a punto fijo; pero todos encubrían su ignorancia bajo alarde de reserva; y así, el ambiente de duelo era cada vez más denso: prestaba preocupación a las caras y moderación a los acentos.
Mientras tanto, los grandes señores, congregados en el salón de ceremonias, cuchicheaban cerca de las ventanas en grupos que se disolvían y fundían entre sí cada vez que era abierta la puerta de la estancia para dar paso a un nuevo potentado. Último en llegar, es el maestre de Santiago, don Martín Fernández de Acuña: trae el hábito de su orden sobre la armadura; se ha detenido en la puerta, y saluda con jovialidad ruidosa a los reunidos. Viendo entre ellos a su primo y cuñado el almirante don Juan Sánchez de Acuña, abre los brazos y lo estrecha, pidiéndole nuevas de su casa: – ¡Tres años que no nos vemos, hermano! -le dice. Y luego, llevándoselo a un rincón y bajando la voz, le pide informes acerca del caso para que han sido allí reunidos. "Parece -le explica el almirante- que el rey está en trance de rendir el alma, y quiere hacer público testamento. Pero de cierto nada se sabe…" Quedan callados un momento: el maestre, con la cabeza alta sobre la blanca orla de su barba bien cuidada; el almirante, baja la mirada, contempla distraído las uñas de su mano izquierda. Cerca de ellos otro pequeño grupo recuerda las alternativas de la salud del rey, queriendo penetrar los designios de la Providencia. Después de acometido por el mal -cuenta alguien allí- se le afeó el semblante y se le agrió el ánimo como si quisiera ponerse a la par de un cuerpo flojo, incapaz de emprender cosa de provecho y aun negado a cualquier alegría.
– He oído decir a quienes hace poco lo han visto que tiene ya retratada la muerte en su casa y que su aliento mismo declara con su fetidez cómo la lleva consigo, encerrada en el cuerpo -tercia otro-. Entiendo que hemos sido llamados a escuchar su última voluntad.
En esto, la puerta se abrió con un gran golpe. Todas las conversaciones quedaron cortadas; todos los rostros se volvieron a ella; todos los ojos concurrieron allí. Y vieron entrar, con pisada firme y lenta, armado de todas armas y encarnizados los chispeantes ojos en medio de un semblante blanco de ira, aquel mismo rey don Enrique a cuya agonía pensaban asistir. Se adelantó, pues, hendiendo el estupor hasta el centro de la sala y, parado ahí, tras helada pausa, con un tono compuesto y una voz despaciosa que disimulara su alteración, se dirigió el rey a sus vasallos:
– Señores -les dijo-: antes de haceros saber para qué os he reunido, una cosa quisiera yo averiguar de cada uno, y es ésta: ¿cuántos reyes habéis conocido en Castilla?
– Los magnates, desconcertados, cruzaron entre sí miradas de asombro y, no imaginando a dónde iría a parar con su extravagante cuestión el melancólico rey, callaban. Pero éste insistió en ella con voz aún más apagada y lenta:
– Vamos, señores. ¿cuántos reyes ha conocido en Castilla cada uno de vosotros?
Sólo después de un largo espacio el condestable don Alfonso Gómez Benavides, sostenido en el brazo de su nieto que le acompañaba a la reunión, tomó la palabra y dijo:
– Señor, parecería que huelga inquirir de cada uno lo que yo, por más viejo, puedo responder en nombre de todos. Cinco reyes han conocido en Castilla mis largos años. Al comenzar la dilatada carrera de mi vida tenía el reino don Alfonso, y lo agrandaba sin tregua ni descanso. Una peste, envidiosa de su gloria, impidió cortándole la vida que ensanchase sus estados al tamaño de su grandeza. Y dueña ya la envidia del reino, lo desconcertó y enflaqueció en las luchas de dos reyes hermanos, don Pedro y don Enrique, vuestro abuelo, de quien tenéis, señor, el nombre y la corona. Conocí luego el reinado de vuestro padre, don Juan; y por último, señor (y tal vez vuestra mente, demasiado tierna entonces, no haya guardado memoria del día en que os besé las manos de niño reconociéndoos rey), por último… Bien quisiera que mis ojos cansados se cerraran para siempre sin haber visto otro más: ¡hartos son cinco reyes para una vida!
Refrenando por respeto la cólera había escuchado don Enrique el discurso del anciano, en cuya demora hallaron los demás nobles espacio para cavilar su preocupación. Pero las últimas palabras, trayendo a lo vivo la ocasión engañosa de aquella asamblea, reavivaron con su imprudencia la regia ira; y así, no bien hubo cerrado sus labios el condestable, le replicó el rey:
– Hartos son, en verdad, para una vida cinco reinados, y difícil de soportar la variedad de su poder. ¿Qué no sería si esos príncipes, en lugar de haber reinado por sucesivo orden, hubiesen reinado juntos, y si en lugar de cinco fuesen veinte?
Demudado por la furia, las primeras palabras habían salido, lentas y silbantes, de su pecho; pero tras la pausa de la primera frase comenzó a vibrar su voz, trémula al comienzo de la pregunta, y después cada vez más alta, hasta alcanzar el tono de la imprecación: – Pues ¡veinte!, ¡veinte, que no cinco, son los reyes que hoy reinan en Castilla! ¡Veinte, y aún más! Vosotros, señores, sois los reyes de ese reino; vosotros los que tenéis el poder y la riqueza; vosotros los que ostentáis autoridad, los que disponéis, los que mandáis y sois obedecidos… Pero yo juro por esos antepasados míos que nombraste, condestable Alfonso Gómez, juro que vuestro falso poderío ha caído de aquí en adelante, y no volverá a levantarse ya jamás en estas tierras.
Tornó la espalda el rey. Todas las miradas se alzaron entonces desde las losas del suelo hasta el penacho de su yelmo.
Luego que hubo desaparecido tras la puerta, quisieron ellos consultarse; pero no les dio tiempo la guardia que, invadiendo el salón, acudía a desarmarlos y prenderlos.
Mientras se daba así cumplimiento a las diligencias ordenadas para despojar a los magnates insolentes, dos criados desarmaban y desnudaban al rey, y le ayudaban a meterse en la cama. Don Enrique temblaba como una hoja, daba diente con diente.
Ya casi había pasado el estío y se anunciaba el otoño cuando el Doliente quiso levantar de nuevo la cabeza y dominar su postración y saber lo que se había hecho de sus prisioneros mientras tanto él estuvo sumido en fiebres y delirios. Nadie le daba razón; mas, como apretara e insistiera, vino a enterarse de que todos ellos se hallaban libres y tranquilos en sus moradas. Y supo más; supo con estupefacción que él mismo, el rey don Enrique, era quien había decretado esa libertad.
Cayó entonces en una sima de silencio. Por mucho que se esforzaba no le era posible recordar nada. Y ¿quién hubiera podido socorrer su memoria?, ¿quién?, ¿aquella pobre Estefanía acaso, que, sentada a la vera del lecho, le ahuyentaba las cansadas moscas?
(1946)



La campana de Huesca

En aquel tiempo en que los hombres sabían hacer dignidad del servicio y servicio de la vida, porque vivían para la muerte, un monje de sangre real fue sacado de la devoción en que vivía absorto, y elevado entre los hombres a ocupar el trono.
Hasta ese mismo instante había ignorado Ramiro el Monje su destino. Nacido para ignorarlo, creció y maduró en esa ignorancia -una ignorancia distinta de la que pertenece al común de los mortales-; pues, ¿quién conoce, en verdad, su propio destino? Con barruntos, sospechas, anhelos y expectativas se adelantan manos ciegas a tantear la presunta imagen del futuro para decaer luego, y retraerse, y desistir, y plegarse a las formas rugosas que las rocas y peñascos del mundo imponen a la impetuosa blandura vegetal de cada alma… Pero la de Ramiro había brotado de espaldas a su destino, mirando hacia otro, hacia un destino apócrifo, y alzando las ramas a un cielo que parecía prometerse a su cabeza tonsurada como gloria y corona única.
Porque la de su padre, Sancho Ramírez, rey de Aragón, estaba ya asignada a ceñir las sienes del hermano mayor, quien la transmitiría después a su propia descendencia por líneas que se perdían en un porvenir poblado de nobles generaciones, donde, sin embargo, no había puesto alguno para sus simientes de infante real: y, porque no decayeran en lo oscuro, habían de ser ofrecidas a Dios en sacrificio de esterilidad. Eso era ya establecido y dispuesto cuando nació Ramiro: ya estaba ahí Alfonso, con la obstinación regia en la frente aún desnuda, con el pecho alto, los labios apretados, cerradas las grandes manos de dedos cortos, y pesados los andares de unas piernas que el ejercicio de cabalgar había endurecido; ya estaba ahí, lleno de sí mismo y esperando sin prisa lo indefectible. El poder corría, por secretos cauces de sangre, de padre a hijo; venía de los muertos e iba a los todavía no nacidos. Y Ramiro había abierto los ojos al mundo para ver desde la orilla esa confabulación firme y misteriosa del rey con su primogénito, confabulación que lo excluía sin remedio y lo abocaba a un destino de obediencia, hijo de reyes, henchidas sus venas de la misma sangre violenta y soberbia de los poderosos, pero apaciguándola y debiéndola apaciguar siempre, acallándola, tapándole la boca, cegándola, doblegándola siempre, porque, tan cerca del poder, era súbdito, y tenía que templarse para la sumisión.
Pero todo esto se lo había encontrado al nacer, ya dispuesto y establecido, y no vaciló un momento: se encaminó en silencio hacia ese destino que pensaba ser el suyo, del que nadie dudaba fuera el suyo, y lo abrazó de corazón, se abrazó a él, y en él quiso salvarse. Desdeñosamente, abandonó el segundo puesto, y prefirió no tener puesto alguno, ni ser nadie. Sentía que el segundo puesto había sido creado para envilecer al vil haciéndolo revolcar en su vileza, y para quebrar las almas nobles que, habiendo resistido a la corrosión de los peores ácidos, son empujadas a perderse, desesperadas de ambición, por el puñal o el veneno: es el puesto de las tentaciones violentas, de estas a las que sólo se puede escapar en una huida que renuncie a todo.
Huyó Ramiro, y fue a echarse a los pies de Dios. Encogido y doblado sobre sí mismo, oculto bajo la estameña como en el fondo de una gruta, había conseguido en horas y meses y años de forcejeo estrangular a su propia sangre y reducirla al silencio. Llegó a aborrecer el poder, pues que Dios no quería que aborreciera a los poderosos, harto cargados con el fardo de su digno servicio. Y compadecido de sus honores, le imploraba por ellos -por el padre, por el hermano-, en una súplica donde la piedad infinita hacia los grandes estaba mezclada con una también infinita gratitud por la insignificancia, que al fin había alcanzado mediante el oscuro hábito otorgado por el Señor Dios para que pudiese eludir la vergüenza de aquella dignidad sin servicio que le venía de su nacimiento.
Y tanto había conseguido limpiarse de soberbia que, requerido más de una vez, en memoria y mérito de su estirpe real, para que invistiera una abadía o un obispado, accedió Ramiro, sonriendo desde el fondo de su humildad, a asumir esta autoridad y poder menor, aun cuando para abdicarla también poco más tarde, una vez que su renuncia no pudiera ya tener color de altanería… Por último, hasta su nombre y su linaje parecían olvidados definitivamente bajo la estameña indistinta.
Entonces fue cuando vinieron los grandes del reino a reclamarlo para rey. Alfonso, el primogénito, había muerto sin dejar sucesión directa. Había dejado, sí, un testamento; pero era un testamento increíble, que añadía perturbaciones y perplejidad del ánimo al trastorno ocasionado en el reino por su muerte. Leído el manuscrito, la curiosidad había hecho paso a la sorpresa; la sorpresa creció en estupefacción; la estupefacción degeneró en escándalo… Había caído el Batallador. Y ahora, cuando ya no era capaz de levantar siquiera el temido brazo, el escándalo brotaba alrededor de su cadáver como brotan en el bosque apenas apaciguada la tormenta, incontenible y silenciosamente, los botones de las setas. Pues, ¿cómo imaginarse que alguien quisiera emplear las órdenes de Dios para ofenderlo? Cansado de su batallar, Alfonso legaba el reino a las espadas santas de los caballeros templarios, los del Santo Sepulcro y los de San Juan de Jerusalén: ésta era su voluntad. ¿Había querido con ello extender los límites de su capilla mortuoria hasta la frontera de sus estados y convertir el reino todo en cripta para su cadáver y monumento a su gloria bajo la sagrada custodia de las Órdenes militares?
Al principio nadie supo qué pensar ni qué decir